Fragmentos/Libros

Palabras que son muerte

Miedo.

Horror. Violencia. Odio. Escapar. Tragedia. Incertidumbre. Acoso. Persecución. Esconderse. Atrocidades. Devastación. Miseria. Amenazas. Huir. Prejuicios. Desgracia. Abuso. Padecimiento. Urgencia. Peligro.

Vacío. Quebranto. Angustia. Cansancio. Derrota. Temor. Aturdimiento. Congoja. Ansiedad. Terror. Atormentado. Debilidad. Conmoción. Abandono. Desfallecimiento.

Alarma.

Expulsado. Deportado. Precario. Desposeído. Expatriado. Refugiado. Desterrado.

Tristeza. Desasosiego. Agitación. Riesgo. Agonía. Inseguridad. Amargura. Desamparo. Renuncia. Desdicha. Extenuación. Inestabilidad. Sobresalto. Sufrimiento. Duelo.

Abatimiento. Desconsuelo. Añoranza. Consternación. Decaimiento. Pena. Desaliento. Flaqueza. Desolación. Locura. Fragilidad. Decepción. Hundimiento. Impotencia. Desengaño. Pesar.

Aislamiento. Crispación. Indiferencia. Desconfianza. Hostigamiento. Desconcierto. Desesperanza. Desprecio. Intimidación. Fatalismo. Fobia. Humillación. Indecisión. Inquietud. Rechazo.

Soledad.

Más miedo.

Palabras, palabras, palabras. No son vacuas. Ayer y hoy, probablemente también mañana, alguien las vive de la manera más descarnada imaginable. Palabras que condenan vidas. Que son muerte.

Hans Keilson, Una comedia en tono menor. Editorial Minúscula. Colección Alexanderplatz. Portada | Fotografía: Mónica Solanas

«Había percibido el miedo, ese miedo atroz y paralizante que surge del dolor y la desesperación y que no está vinculado a nada; el miedo paralizante que solo se vincula con la nada.No se trata de un miedo o una desesperación por otras personas, otras cosas, no es nada, nada, es tan solo el abandono, desprovisto de cualquier rastro de seguridad, dignidad y amor. El otro mostró su miedo de forma tan descarada que Marie tuvo la sensación de estar viéndolo desnudo. No hubo gritos, no torció el gesto ni se resistió las manos; había quedado al descubierto y permaneció en el centro de la sala, objetivo y blanco de todos los dardos envenenados que le lanzaban desde el otro lado de la vida. Y Marie comprendió que expresiones como «amor al prójimo» u «obligación patriótica» o «desobediencia civil» no eran sino un pálido reflejo del profundo sentimiento que en su día los había llevado, a Wim y a ella, a acoger en su casa a una persona perseguida. De igual modo que se cubre un cuerpo con trapos y ropas para que el ardor de su desnudez no deslumbre los ojos de quienes lo ven, la vida se cubre con suntuosos disfraces bajo los cuales, como si fueran ascuas, se inflama el fuego deble de la creación. Amor, belleza y dignidad, todos esos trapos solo servían para que quen se acercara con reverencia a las llamas no se abrasara las manos ansiosas y los labios sedientos. Sin embargo, cuando ese cercado protector sucumbía a la violencia y la aniquilación, el corazón intrépido se agitaba y no descansaba hasta dar forma a nuevas mascaradas y urdir la trama que permitiera aplacar la ignominia y ensalzar lo insoportable.»

[…]

«¿De dónde había salido ese paquete? ¿Se lo había dado Coba? ¿O lo había conservado como una especie de reliquia? ¿Y por qué? ¿Por qué lo había escondido allí, para que ellos no supieran de su existencia? Quedaba aún la mitad del paquete, habría fumado unos seis o siete. ¡Se los había fumado a solas! A Wim le habría gustado tanto… ¡Pero se los había fumado a solas!

«Y de pronto lo comprendió, lo comprendió todo. Fue como si lo viera con sus propios ojos. Notó una opresión en la garganta, que se le secó, y sin ser consciente de ello, afloraron lágrimas a sus ojos. Se sentó en el sillón con el paquete en la mano. ¡Se lo había fumado a solas! Se los había fumado cuando estaba solo, cuando se sentía solo, cuando ya no podía más… ¡Y se lo había ocultado!

«Marie lo vio, tendido en el sofá y con la vista clavada en la manta, el brazo izquierdo debajo de la cabeza, encima del cojín, la mano derecha sobre la frente. Nada se mueve en él. Tan solo cuando inspira, un temblor, un estremecimiento parte el aire en un millón de alientos entrecortados… ¡No puedo más, no puedo más! Pero no suelta un solo grito, un solo improperio, no derrama una sola lágrima. Pone los brazos junto al cuerpo y los deja allí, como dos maderos inútiles, podridos. Su respiración se vuelve superficial, los temblores cesan. En su pecho, el corazón late despacio, despacio, tiene tiempo, mucho tiempo… Entonces inclina la cabeza levemente a la derecha y cierra los ojos. Se siente envuelto por una especie de niebla, su cuerpo se ve atrapado por un remolino que aspira y pulveriza sus órganos uno a uno. Y, sin embargo, no siente ninguna felicidad, ningún alivio ante la proximidad de la aniquilación… No puedo más… No puedo… Pasa así un largo rato. De pronto se ve a sí mismo allí sentado, como si se viera reflejado en un espejo. Se asusta. Está sentado ante sí mismo, podría estirar la mano y tocarse. Pero es imposible, pues al mismo tiempo está absolutamente disgregado de sí mismo. Y esas dos realidades, esa proximidad y esa disgregación simultánea, lo sumen en un estado de tensión y de congoja que suprime cualquier emoción. No hay nada más a su alrededor. Tan solo está él, separado de todo lo que le pertenece y que, como si de terminaciones nerviosas se tratara, lo mantiene unido a la vida.

«Algo en su interior se alza, algo en su interior ha tenido una idea. Aún medio aturdido, se levanta lentamente y, como un sonámbulo, se acerca al armario empotrado, abre el escondrijo y rebusca en su interior hasta encontrar el paquetito amarillo. Aún está lleno. Saca un cigarrillo y vuelve a dejar el resto en el escondrijo.

«Y entonces, sentado en el brazo del sillón, se fuma ese cigarro, calada a calada…»

Una comedia en tono menor, Hans Keilson

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