Fragmentos/Libros

La razón del mal

Hace 23 años, cuando Rafael Argullol escribía La razón del mal, la ciudad de Barcelona celebraba ufana sus Juegos Olímpicos. Un acontecimiento memorable. Y uno de los momentos clave de la construcción de marca-ciudad, una operación que hoy sigue siendo rentable para quienes reconfiguraron la percepción y las expectativas de la ciudad, «quitándola de las manos de los ciudadanos y transformándola en un producto». En su libro, Argullol describía cómo los habitantes de «una ciudad occidental, cosmopolita y próspera» se abocaban al abismo de la rendición y la amnesia. Hoy, en Barcelona, sigue imperando la remodelación estética, la misma que cubrió lo sucio y lo feo. ¿Y? «La gente lo ha olvidado»

Se ha olvidado que “las demoliciones se llevaron también un patrimonio inmaterial, las técnicas y los oficios, que podrían recrearse y enseñarse a las siguientes generaciones”. Se ha olvidado que “la especulación urbanística colateral provocó errores en muchos casos irreversibles”. Se ha olvidado el proceso estético de comercialización de la ciudad que expulsó “lo sucio, lo feo, las personas de clase baja irregulares hacia los límites de la ciudad”. Se han olvidado “los desalojos forzosos y las demoliciones de algunos barrios” que son la cara sucia, oculta, de la Marca Barcelona. Se ha olvidado la modificación continua de los planes urbanísticos “para adaptarlos a la visión economicista de la ciudad”.

Acantilado ha recuperado este año la novela de Argullol. La historia de una ciudad próspera que se sume en una profunda crisis. Una crisis que se va tal como llegó, porque sus habitantes prefieren sucumbir al olvido y permanecer enajenados en el cómodo esteticismo de sus vidas como si nada hubiese sucedido. Que deciden rendirse a la información que se atropella, que elimina las noticias casi en el mismo instante en el que aparecen. Que se doblegan a la amnesia, esa que permite la salvaje manipulación.

Rafael Argullol, La razón del malDe eso trata La razón del mal, de perder la capacidad de resistencia, del silencio, de la falta de criterio cuando se relega la memoria. De la colonización del pensamiento con la manipulación del lenguaje. De la prioridad de la forma sobre el fondo fomentada por la indefinición, sobre todo —hoy lo parece más que nunca— la ideológica. De los falsos antropólogos que dictan las palabras que denominan cualquier aspecto de la vida, determinándola. Del ciudadano-súbdito, vacío y constantemente cansado. De la ausencia demoledora de autocrítica. De la desaparición de medios de comunicación que hagan Periodismo. De la falta de interés en el pasado y en el futuro. De una sociedad utilitaria que ha perdido las ganas de libertad, de descubrir.

La Barcelona del 92 es solo una contextualización histórica a la época en la que fue escrita La razón del mal, un argumento más para recordar el paso del tiempo y su efecto devastador en la memoria, la individual y la colectiva. Se olvida de manera desvergonzada, cínica, culpable. Inhumana. La consciencia del transcurso del tiempo tampoco suele ser antídoto contra el olvido. Argullol elije la figura de un anciano, que en medio del caos busca «un hermoso reloj de madera, antiguo», para responder a Víctor Ribera —protagonista de la historia— cuestiones que él ya sabe, que todo el mundo sabe. Que le ratifique lo que es evidente. Que le permita encontrar los vínculos del presente con el pasado, la única salvación posible para Víctor frente al caos que supone su convencimiento de que la gente ha olvidado.

«Es posible que tenga razón. Pero no hay por qué sorprenderse, creo sinceramente. Lo han olvidado, es cierto, pero también hace unos meses habían olvidado lo que pasaba con anterioridad y no sabemos si mañana se habrá olvidado lo que pasa hoy. Probablemente sí. En realidad presumimos de memoria pero recordamos pocas cosas y casi nunca lo que en su momento nos pareció fundamental. El miedo es más importante que la memoria y yo, que ya soy viejo, puedo asegurarle que tratamos de apartar de nuestro recuerdo todo aquello que tememos. No creo que seamos culpables de eso. Mentirosos seguramente sí, pero con el transcurso de los años nos acostumbramos a ello con facilidad.»

Además, cabe otra posibilidad.

«¿No ha pensado que quizá cada uno de nosotros está convencido de que él solo es el que recuerda mientras todos los demás han olvidado? Es una pura suposición, claro está, pero bien pudiera ser que lo que usted o yo sospechamos de los otros fuera bastante similar a lo que los otros sospechan de nosotros. Quiero decir lo siguiente: usted cree que está aislado, recordando detalle a detalle lo que ha ocurrido durante este año, en tanto que los otros a su alrededor se han aliado en el silencio. Pongamos que a mí me pasa algo parecido. ¿No podría ser que lo mismo, exactamente lo mismo, les pasara a muchos de los habitantes de esta ciudad? Si así fuera todos sabríamos que algo tremendo ha tenido lugar en nuestras vidas, y, al mismo tiempo, todos lo callaríamos, pero no por culpa de los demás sino por nuestro propio miedo

4 pensamientos en “La razón del mal

  1. Hola Moni, una caseta així que ha quedat de mostra, no enderrocada, al principi de la Rbla. del Poblenou, voramar. S’aixeca orgullosa entre blocs, deixant el seu testimoni. Està habitada encara i la instal.lació de lum que té em fa pensar que l’ajuntament li va fer una ‘bula’ només per a ella.
    Salutacions, Marta Compte

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    • Hola, Marta!
      Creuem els dits i esperem que a partir d’ara aquesta bula s’estengui a les poques cases com aquesta que han quedat repartides per diferents barris de Barcelona.
      Benvinguda i gràcies!

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  2. Bon dia Mònica,
    quan he llegit el teu post, que m’ha encantat, m’ha vingut al cap una imatge, prop de l’antiga rotonda de Glòries, al costat de la torre Agbar,
    dues casetes del 1800, a tocar de la boca del metro, resistien l’operació especulativa…aquelles dues casetes antigues, amb la roba estesa
    a les seves finestres, em treien un lleu somriure,…com diuen les Kurdes, “la resistència és vida”.
    Una gran abraçada
    @RobenFakwes

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    • Gràcies, Rubén, m’alegra que t’hagi encantat.
      “La resistència és vida”…
      Jo també tinc un record, prop d’on vivia la meva mare a Les Corts. Hi havia una illeta amb casetes baixes, petites, però amb una vida increïble. De totes, avui, segueixen resistint només dues.
      A vegades m’apropo només per veure-les resistir. Perquè és cert, molt cert: la resistència és vida.
      Una abraçada enorme de tornada.

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