Fragmentos/Libros

“Tenemos la capacidad de decir NO”

Hoy, husmeando en la estantería, he encontrado con un librito que compré hace tiempo. Todavía no lo había ojeado siquiera. Y vivimos una época lo suficientemente relevante como para no leerlo. Son apenas 60 páginas, pero de una densidad que supera con creces su brevedad. Este librito es una extensa carta escrita por alguien furioso con este sistema en el que nos encontramos sumidos. Un sistema injusto, corrupto e implacable.

En su larga carta, este tipo furioso explica cómo abandonó «el bienestar soñado de una muerte a crédito», «el carrusel encantado, de este engañoso parque de atracciones en el que directivos y financieros conspiran para tendernos […] una trampa». Fue, como muchos, un tipo normal en un mundo inculto; que luchó por tener cosas que nunca fueron suyas porque cada vez debía endeudarse más para conservarlas, para tener una vida «con la que le han seducido, […] que le han hecho creer que existe, que se han empeñado en venderle». Entró en ese juego de vida normal, de «parches y mentiras». La vida de la simulación. Pero lo abandonó todo, se largó a una de las peores cloacas que existen en este salvaje mundo, un agujero en el Mekong, buscando «la esperanza de una nueva vida, de una existencia por fin soberana y humana». Y escribió esta larga carta, para advertir a «aquellos y aquellas que todavía conserváis vuestra alma» e instarles a reflexionar «sobre los engranajes de esta máquina infernal», sobre «la estupidez consumista que creía vital». Escribió para ofrecernos la ayuda que él no encontró.

En su carta habla de todas esas familias que «tiemblan ante la idea del paro […] y aceptan todo tipo de concesiones, de humillaciones, de miserias salariales», también habla de todos los que ya han traspasado esa barrera y viven en la calle o al borde del suicidio. Todas ellas son víctimas de la salud financiera de los Estados, a los que no importa más que «obtener la máxima nota: AAA». Una burbuja de oxígeno para los más ricos, cuya deuda asumirán «los hijos y los nietos de las familias de hoy», convirtiéndose así en los nuevos esclavos de «lo que los mercaderes de sueños envenenados seguirán queriendo venderles». Una deuda que pagarán en pequeñas mensualidades, «cuando la libertad individual haya muerto bajo el peso de unas obligaciones que no les darán ninguna oportunidad». Los ricos serán más ricos, y más viejos; los pobres serán más pobres, y más jóvenes. Y puede que estos jóvenes decidan demostrar su indignación de formas nada razonables o respetuosas; no pintarán graffitis en los muros, sino que los derrumbarán.

Porque la vida de cada uno es única, somos dueños de ella por completo; no debemos perderla defendiendo «unos valores que no son los nuestros», ni venderla a «mercaderes de vacío y de muerte» que jamás nos proporcionarán ninguna felicidad. No podemos ser poseedores de nada, ni nada puede ser verdadero, en este mundo ficticio, este planeta enfermo construido «a crédito, de espaldas a la pobreza del mundo». Un «vodevil en el que las concubinas del mundo, es decir, los bancos, como mantis demoníacas, como ninfómanas caníbales, desnudan a sus clientes […] y les matan sin vergüenza en pequeñas mensualidades»

En estas falsas democracias en las que vivimos ―democracias que sólo nos dan dos salidas: «el cianuro y la soga»― asistimos impasibles a «espectáculos indecentes de las buenas gobernanzas», donde políticos roban millones «libres de impuestos gracias a la habilidad de sus grandes asesores fiscales» de los erarios públicos; millones que son de los «bienes colectivos y de los logros sociales conquistados tiempo ha ―en el tiempo de las luchas obreras―». Estos políticos son los que «vomitan declaraciones de principios» mientras desprecian a los trabajadores, aplastándolos, quemando su futuro y el de sus hijos. El tipo enfurecido habla en su carta de esos trabajadores de «salarios indignos decretados por millonarios, por patronos arrogantes […] y otras cabezas pensantes de la patronal»; de esos trabajadores «que habéis perdido el gusto por el combate colectivo […] por culpa de una educación arcaica» que nos enseña a ser individualistas, a competir. Pero también habla en su carta de los que «todavía pueden dejar de morir ―y de matar― en pequeñas mensualidades»

 

La paloma de la paz, Ginebra. Fotomontaje de John Heartfield, 27 de noviembre de 1932

Y grita enfurecido en su carta que es necesario que este sistema se derrumbe, un sistema ya solo formado por «los muertos que nos gobiernan con sus trajes caros cortados con nuestros sufrimientos». Debemos ayudar a su derrumbe de cualquier manera posible, pues todas las salidas serán buenas, además de «demostrar su nocividad, su toxicidad, sus desastres y sus crímenes contra la humanidad». No debemos seguir siendo cómplices de una «máquina que mata con total impunidad, que sacrifica con total indiferencia». Y da ejemplos de esas masacres: unas 400.000 muertes infantiles sólo en África como consecuencia de la crisis provocada por bancos y especuladores ―datos extraídos del informe  presentado en la UNESCO por el equipo del Informe Mundial de Seguimiento de la Educación para Todos, dirigido por Kelvin Watkins―; entre 7 y 9 millones de personas bajo el umbral de la pobreza sólo en Francia. Los ejemplos siguen en una lista que podría ser interminable… No hace falta que haga la lista completa, nos dice el tipo desde su profundo enfurecimiento, pues «cada uno de nosotros está descubriendo la amplitud de los estragos planetarios engendrados por nuestro modo de vida» sin darnos ninguno de ellos, en ningún caso, la felicidad. «Quien no sea capaz de comprender esto […] se convertirá en un verdadero pobre.»

Afirma el autor de esta larga carta que «mientras esperamos la revolución mundial inevitable, que será tanto más brutal cuanto más tardemos en reaccionar con sosiego y buen sentido, […] todas las armas ciudadanas son buenas para recuperar los valores humanos». Entre todas las armas pacíficas con las que aún contamos para salir de esta trampa, de esta jaula en la que vivimos, existen cuatro de uso colectivo que pueden ser puestas en práctica «antes de que nuestra identidad y nuestro poder de vida se vean en peligro». Estas son el ahorro solidario y coherente; evitar pedir dinero prestado en un contexto deshonesto; practicar una austeridad inteligente y responsable; y prever con lucidez y realismo nuestros recursos futuros.

El ahorro sería posible si existiera una «entidad financiera internacional, única e independiente […] con fondos propios, en todos los sentidos del término». Esos fondos propios no deberían proceder ni de la especulación con los pobres ni del comercio mal llamado sostenible. El dinero existe y es nuestro; debe estar al servicio de la vida, y no someterse a ella. Pedir dinero prestado solo ayuda a engordar a la maquinaria capitalista, asentada en el endeudamiento de trabajadores, obreros, profesionales, trabajadores en definitiva. Una deuda que nace precisamente de ese dinero prestado de forma usurera, dinero de esos mismos trabajadores, sin el que el sistema demencial no podría existir. Debemos tomar conciencia de la austeridad desde la infancia: para vivir no es necesario gastar, despilfarrar; «la vida se construye con lo que observamos, con lo que aprendemos a través de la acumulación de conocimientos y a través de la experiencia». Al construir un mundo que despreciara la frivolidad de poseer «habríamos dado un paso decisivo en la evolución y contribuiríamos a la salvaguarda de nuestra especie». Lo que nos llevaría a repensar los recursos futuros, la ecología ciudadana. Estamos matando nuestro entorno, «nuestro ecosistema, nuestra biosfera, el equilibrio de recursos consumibles». O lo que es lo mismo: nos estamos matando a nosotros mismos. El saqueo de los países desarrollados provoca «territorios en guerra, esclavitud consentida, violaciones y agresiones con el objetivo de controlar los últimos materiales de este final anunciado de nuestra civilización». Entre el mito del humano centenario y este panorama catastrófico existe «un espacio para la sensatez terrícola», una vía de salvación: la naturaleza que nos ha creado.

El tipo, en su enfurecimiento, nos explica en su carta que el capitalismo ha transformado al homo sapiens en homo capitalis ―producto del capibalismo―, un ser asesino y depredador; «una larva mortal y necrófaga, un virus destructivo, proteiforme […] que acabará con la especie humana, no sin antes haberla humillado, violado, torturado y esclavizado» si no hacemos nada para evitarlo. Porque «todos somos cómplices de esta pornografía financiera, de esta maquinación, de esta hipocresía» y por lo tanto tenemos una responsabilidad. «Tenemos la capacidad de decir NO». NO al mundo que intentan vendernos. NO al consumismo absurdo. NO a los métodos de bancos y entidades financieras. NO a especulaciones que destruyen a los más débiles. NO a una economía del endeudamiento de pueblos y estados que enriquece a los poderosos. NO a las deslocalizaciones. NO al individualismo que pisotea el interés colectivo. NO a los sirvientes de la elite neoliberal. NO al cinismo que provoca hambre. NO a los señores de la guerra. NO a gobiernos que negocian con tiranos. NO a contratos manchados de sangre. NO al maltrato animal. NO a la deforestación. NO a las empresas que trafican con el trabajo de menores. NO a multinacionales que destruyen culturas. NO a la política como profesión o herencia… «¡Con el dinero que ganamos, tenemos la capacidad de decir NO!». Más que eso, es nuestro deber hacerlo, nuestra responsabilidad.

Así que hagámonos la que, según el tipo enfurecido, es la única pregunta importante: «¿queréis darle una oportunidad a la vida, o queréis morir?». Yo ya me la he hecho. Y sigo aquí.

El librito, por cierto, lleva por título ¡Insolventes!

4 pensamientos en ““Tenemos la capacidad de decir NO”

  1. El escrito es útil porque el autor formula una de las escasísimas propuestas concretas que he visto escritas en tiempos recientes para cambiar este sistema de saqueo mutuo en que vivimos. Por desgracia creo que el NO no es una alternativa (y ahora mismo yo digo también NO, con lo que me puedo estar contradiciendo, pero no creo). Pienso que el NO es sólo un paso previo. Decir NO se puede parecer demasiado a “la náusea” de Sartre, y lo que hacen falta son personajes que piensen y además actúen, ambas cosas a la vez, personas cuyos nombres ejemplares prefiero no decir, pero más o menos tenemos en mente.

    Los escritos del tipo “indignáos” son útiles para despertar. Aquellos que se despierten, deben hacer algo, porque estar despierto y no hacer nada es mucho más frustrante que estar dormido.

    En realidad, quizá lo que he dicho tenga poco que ver con tu artículo, y a lo mejor puede que yo esté dormido por miedo a despertar.

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    • En realidad, creo que todo lo que has dicho tiene mucho que ver con la reseña que publiqué anoche. Creo que el NO es una alternativa solamente temporal, si los dormidos no despiertan y los despiertos no hacemos algo al respecto. El tipo enfurecido que escribió la carta huyó, no dijo NO, no hizo nada. Pero… escribió esta carta. No sé hasta qué punto su huída da validez a sus palabras, pero lo cierto es que, como tú bien dices, es una de las “escasísimas propuestas escritas” que existen para dar un giro a esta vorágine demencial.

      Leí el libro ayer por la tarde, y pensé que difundirlo no estaría de más. No sé si servirá de algo. No sé si ayudaré a que las palabras del tipo enfurecido tengan una mayor repercusión. No sé si servirá para que algún dormido despierte y para que algún despierto diga NO y ponga ese NO en práctica. Ni tan sólo sé cuánto seré capaz yo misma de poner en práctica ese NO. Pero no puedo hacer otra cosa que difundir, que intentar ayudar a despertar, intentar ayudar a los despiertos a actuar. E intentar decir NO con todas mis fuerzas, con todos mis actos.

      Por cierto, no creo en absoluto que tú estés dormido. Un abrazo, Paco

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      • Irse a Vietnam (Mekong), lejos de la corrupción imperial, y presentar cuatro propuestas, literalmente, razonadas en 60 páginas, ya es mucho más de lo que yo he hecho.

        Gracias, Mónica, por el gran trabajo que te tomas para que los demás estemos informados. Gracias también por citar tus fuentes, costumbre que se va perdiendo como tantas otras.

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      • Gracias a ti por leerme y por tus comentarios, eso ayuda a seguir escribiendo.

        En cuanto a citar las fuentes, es algo que creo inprescindible; es la manera de reconocer el trabajo de los demás. Y es la única manera de pedir lo mismo para el trabajo que cada uno realiza.

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