Fragmentos/Libros

Renuncias, derrotas y herejes. Lecturas para la reflexión

En la novela Herejes, Leonardo Padura desgrana la historia de un cuadro a partir de tres fechas: año 5403 de la creación del mundo —1643 de la era común— en la Nueva Jerusalén, y los años 1939 y 2007 en La Habana. Una historia de cambios en la que todo sigue prácticamente igual.

 

'Herejes', Leonardo Padura. Tusquets Editores. Colección Andanzas |Foto: Mónica Solanas

En 1939, el S.S. Saint Louis aguarda durante días frente a La Habana esperando la autorización por parte del Gobierno para el desembarco de casi un millar de judíos que han escapado de la Alemania nazi. Entre los refugiados se encuentran tres miembros de la familia Kaminsky, poseedores desde el siglo XVII de un pequeño lienzo pintado por Rembrandt en 1643 y que pretenden utilizar como moneda de cambio para asegurar su salvación. Años después, en 2007, el lienzo —que no liberó a los Kaminsky— sale a subasta en Londres. Elías Kaminsky viaja entonces a La Habana para aclarar qué sucedió con sus abuelos y con el lienzo, la imagen de un Cristo cuyo modelo fue otro judío que trabajó en el taller de Rembrandt y aprendió a pintar con el Maestro.

La historia de cada uno de esos episodios es tan actual como lo ha sido y sigue siendo cada ocasión en la que leyes inhumanas, sumadas a la indiferencia general, permiten la gobernanza de unos hombres, unas mujeres, que avasallan que otros hombres, otras mujeres, obligándoles a renunciar a una parte de ellos mismos, a una parte de su más profunda e íntima esencia, a un pedazo de su vida y de su historia.

Parece que todo cambia para que todo siga igual.

 

Un extracto de Herejes, para la reflexión:

Y comprendió que, en lugar de un escape, su partida sería una autoexpulsión. No obstante, bien sabía que aquella era su única alternativa viable y le agradeció al Maestro su interés y ayuda.

«Nunca me agradezcas nada», dijo entonces el pintor y abandonó su vaso de vino en el suelo. Solo en ese instante Elías advirtió que el hombre no había probado la bebida. «Lo que ha pasado contigo nada más se puede ver como una derrota… Y lo peor es que no se puede culpar a nadie. Ni a ti por haberte atrevido a desafiar ciertas leyes, ni a tu hermano Amós y los rabinos por querer juzgarte y condenarte: cada uno está haciendo lo que cree que debe hacer, y tiene muchos argumentos para fundamentar sus decisiones. Y eso es lo peor: que algo horrible parezca normal para algunos… Lo que más me entristece es comprobar que deben ocurrir historias como la tuya, o producirse renuncias lamentables como la de Salom Italia, para que los hombres por fin aprendamos cómo la fe en un Dios, en un príncipe, en un país, la obediencia a mandatos supuestamente creados para nuestro bien, pueden convertirse en una cárcel para la sustancia que nos distingue: nuestra voluntad y nuestra inteligencia de seres humanos. Es un revés de la libertad y…», cortó su frase porque con la vehemencia que lo había ido dominando uno de sus pies golpeó el vaso y derramó el vino en el suelo entablado. «No se preocupe, Maestro», dijo Elías y se agachó a levantar el vaso. «No, no me preocupo por tan poco, claro que no… ¿Qué mierda puede importarnos ahora un poco de vino perdido y otro poco de mugre ganada…? No sabes cómo me gustaría que estuviera aquí nuestro amigo Ben Israel para que tratara de explicarme, él, tan docto en las cosas sagradas, cómo Dios puede entender y explicar lo que te está pasando. Seguro que hablaría de Job y los misteriosos designios, nos diría que las leyes están escritas en nuestro cuerpo y nos demostraría la perfección del Creador, diciéndonos que si en la Torá existen doscientas cuarenta y ocho prescripciones positivas y trescientas sesenta y cinco negativas, que suman seiscientas trece, es porque los hombres tenemos doscientos cuarenta y ocho segmentos y trescientos sesenta y cinco tendones, y la suma de todos ellos, que vuelve a dar seiscientos trece, es la cifra que simboliza las partes del universo… Lo dejaría terminar y entonces le preguntaría: Menasseh, en todas esas cuentas de mierda, ¿dónde dejas al individuo dueño de esos huesos y tendones, el hombre concreto del que tanto te gusta hablar?» El Maestro volteó las palmas de sus manos hacia arriba, para mostrar el vacío. […] el Maestro se ponía en pie, trastabillaba y le entregaba una sonrisa manchada como despedida: «No hay nada más que decir», musitó, «una derrota, otra derrota», dijo, y abandonó la buhardilla. Y esta vez sí se creó el vacío.

Leonardo Padura, Herejes

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