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El quinto poder, o de cómo podemos vencer la desinformación

Hace unos días hablaba con Rubén Quast (@NeburQuast en twitter, vale la pena que le leáis, también en su blog). No hablábamos de nada en concreto, pero la conversación derivó hacia el periodismo; resulta que los dos lo somos, los dos hemos dedicado años de nuestra vida a estudiar esa carrera. Los dos estamos satisfechos de ello y creemos que nos abrió los ojos y la mente para mirar lo que en realidad pasa detrás de las apariencias. Y sin embargo los dos nos sentimos decepcionados porque estamos convencidos que hoy es una industria dedicada a la desinformación, en la que los empresarios persiguen sus intereses. A pesar de haber infinidad de diarios, de canales, las noticias son productos creados para cubrir unas necesidades. Y no precisamente las que deberían ser: las del interés general, las de los ciudadanos.

Publicado en mayo de 2012 en País Portátil

Who killed info?

Who killed info?

 

Pocos días después leía El crash de la información, libro de Max Otte que se publicó hace ahora un par de años. Me vino a la cabeza la conversación que había tenido con Rubén: Otte habla en él de todo eso que nosotros habíamos repasado de manera informal en nuestra conversación. Pero de una forma más analítica, claro; el autor hace un estudio bastante detallado de todos esos elementos cotidianos que contribuyen a la desinformación. Para él, este virus ―así lo define― es el resultado de la crisis financiera mundial que estalló en 2008, dominando desde entonces «nuestra economía y nuestra sociedad. No solo las empresas, asociaciones y políticos, sino también los llamados expertos, lanzan al mundo gran cantidad de verdades tras las que se suelen ocultar grandes intereses». Los mercados votan todos los días, fuerzan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares ciertamente, pero indispensables. Son los mercados los que tienen sentido de Estado; estas son las declaraciones del especulador George Soros, publicadas por La Reppublica el 28 de enero de 1995. La cita la he extraído de uno de los artículos de Ignacio Ramonet, Los nuevos amos del mundo. Ni Ted Turner de la CNN, Ni Rupert Murdoch de News Corporation Limited, ni Bill Gates de Microsoft, ni Jeffrey Vinik de Fidelity Investiments, ni Larry Rong de China Trust and International Investment, ni Robert Alles de ATT; ninguno de ellos «han sometido jamás sus proyectos al sufragio universal. [Como para tantos otros nuevos amos del mundo] la democracia no se ha hecho para ellos. […] Su dinero, sus productos y sus ideas atraviesan sin obstáculos las ciberfronteras de un mercado globalizado. A sus ojos, el poder político no es más que el tercer poder. Antes están el poder económico y el poder mediático. Y cuando se poseen estos, como Berlusconi demostró en Italia, tomar el poder político no es más que un simple trámite».

La época que nos está tocando vivir es insegura, y la razón de ello es muy sencilla: todo es comercializable y partidista. Y sobre todo, la información. Porque la información es poder. Y el hombre es consciente de ello desde hace muchos años, siglos. La prensa y los medios de comunicación han sido un medio para que los ciudadanos pudieran defenderse del abuso de los diferentes poderes, defiende Ramonet. Los periodistas y, por ende, los medios de comunicación, entendían que su principal compromiso era denunciar las violaciones que esos poderes cometían contra los derechos de los ciudadanos. Pero la aceleración de la mundialización liberal hizo que este cuarto poder fuera «vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder». Los mass media se han ido concentrando para transformarse en inmensas estructuras que han dado paso a grupos mediáticos, holdings «con vocación mundial; ahora son grupos globales». La revolución digital ha hecho que sonido, escritura e imagen puedan convivir en un mismo espacio informativo, lo que ha supuesto la caída de los límites que antes separaban estos tres ámbitos, facilitando así esas concentraciones.

"Quien lee periódicos burgueses acaba ciego y sordo. ¡Fuera con los vendajes embrutecedores!", John Heartfield, 1930

“Quien lee periódicos burgueses acaba ciego y sordo. ¡Fuera con los vendajes embrutecedores!”, John Heartfield, 1930

 

Desde sus principios, la información estuvo en el punto de mira de los poderosos. La invención de la imprenta significó para la humanidad algo bueno: permitió la difusión de la cultura de manera masiva. Además dio lugar al despegue de las comunicaciones informativas. Los gobiernos pronto se dieron cuenta del peligro que esta difusión podía conllevar para sus parcelas de poder. Y fue así como empezaron a establecer leyes y normativas que mantuvieran ese peligro alejado. Ya en el siglo XVIII se prohibieron las crónicas parlamentarias, amparándose en la inmunidad que tenían los componentes de los parlamentos; se gravaron impuestos sobre el timbre o sobre el papel, lo que encareció el producto final, dificultando su venta; se prohibió incluso informar de la Revolución Francesa, hablar de ella podía provocar que sus dogmas revolucionarios se extendieran por toda Europa como la pólvora: fue Inglaterra la que promulgó la Libel Act, por la que podían ser apresados quienes informaran de la situación en Francia. Los periódicos encontraron una manera cómoda de superar todas estas dificultades: se aliaron a los partidos. Y esto provocó un profundo cambio cualitativo en la información que proporcionaban, pues sus contenidos, consecuentemente, ya no eran libres.

La aparición de las agencias de información en el siglo XIX dio un nuevo vuelco al mundo de la información. El periodismo pasó a ser más informativo: las noticias que se difundían eran muy neutrales, carentes de opinión o interpretación. Las consecuencias no tardaron en emerger: simultaneidad y universalidad informativa. Todos recibían las mismas informaciones, además de hacerlo al mismo tiempo. Y nació así un nuevo poder: el canal único de información. Todo esto no es más que lo que hoy daríamos en llamar la globalización. Este nuevo poder, aunque no de opinión, era muy poderoso: si bien es cierto que las agencias no difundían opinión, tenían el poder de no difundir una noticia. Surgieron personajes que criticaron duramente este poder. Uno de ellos fue Honoré de Balzac, posicionándose en contra de las agencias y denunciando esta concentración de poder. En países sumidos en guerra ―la de Crimea, la franco-prusiana, Rusia y Japón, las dos guerras mundiales―, igual que en países dominados por dictaduras, totalitarismos, la prensa se convirtió en propaganda; los periódicos y también las agencias estaban al servicio de los gobiernos y a merced de las medidas de censura de los regímenes o gobiernos a los que estuvieran sometidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la pérdida de credibilidad en la prensa fue brutal: los ciudadanos fueron conscientes de las mentiras que les habían contado. Pero esa situación, a día de hoy, no ha variado mucho, por no decir nada. Es, resumiendo en una sola palabra, la desinformación de la que nos habla Otte en su libro.

Viñeta de Garzón

Viñeta de Garzón

 

Y la desinformación no es otra cosa que un mecanismo de control de los ciudadanos; en los ejemplos anteriores los gobernantes no querían que sus gobernados supieran los malos resultados en las diferentes contiendas, porque eso podía hacer que la moral de las naciones se desplomase. Hoy, «la desinformación destruye nuestra sociedad; solo beneficia a los mandamases de las grandes empresas, bancos, partidos y grupos de interés». Solamente entendiendo los mecanismos de esa desinformación seremos capaces de protegernos de ella, solamente si el número de personas que decimos no a esta situación aumenta seremos capaces de hacer mejorar esta situación. Ramonet, en este sentido, habla de la necesidad de crear un «quinto poder que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante. Un quinto poder cuya función sería denunciar el superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal. Esos medios de comunicación que, en determinadas circunstancias, no sólo dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto»

Otte defiende que existen determinadas fuerzas muy interesadas en convertir la información en desinformación. Para el autor, las fuerzas motrices de estos intereses son los principales agentes económicos ―los mercados y entidades financieras―; la imprevisión e impotencia de los políticos; y el debilitamiento de los medios de comunicación y el periodismo, convertidos en un «rebaño de incondicionales, que o bien no preguntan cuando un político se contradice, o bien ni siquiera se dan cuenta». La desinformación, provocada por la sobreabundancia de información para convertirnos en esclavos sin voluntad de la sociedad de consumo, empieza muchas veces en la “letra pequeña” ilegible, en enrevesadas explicaciones de tarifas y condiciones, en interpretaciones ideologizadas de estadísticas y datos de resultados, en la sobreabundancia de imágenes que en realidad no significan nada por encima de la explicación analítica de las mismas. Imágenes. Dice Ramonet que «informar es, ahora, “enseñar la historia en marcha” o, en otras palabras, hacer asistir (si es posible en directo) al acontecimiento. […] Esto supone que la imagen del acontecimiento (o su descripción) es suficiente para darle todo su significado. […] Y así se establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender y que cualquier acontecimiento, por abstracto que sea, debe imperativamente tener una parte visible, mostrable, televisable»

Colapso

Colapso

 

Otte, en su libro, no elabora una teoría de la desinformación perfectamente cerrada, ni tampoco da un programa detallado de acción. Pero sí que apunta posibles vías a través de las cuales podemos desligarnos de esa sociedad de la desinformación. Es necesaria la creación de redes (de todo tipo, virtuales y reales) que sean de nuestra absoluta confianza; obviamente, si queremos obtener confianza antes debemos darla nosotros; es imprescindible profundizar en nuestros conocimientos humanísticos y de historia, porque nos ayudarán a ver con otra perspectiva el mundo actual; buscar otras alternativas para informarnos, como por ejemplo libros, Google no es más que otra herramienta democratizadora de la sociedad de la desinformación; seleccionar las fuentes de noticias; despertar nuestro interés por las finanzas, las nuestras, por supuesto (no son complicadas de entender, son los banqueros los que nos las complican para que “compremos” los productos que a ellos más les interesa); además de buscar proveedores de servicios financieros de confianza; utilizar los servicios de las organizaciones de consumidores; propone también invertir en empresas que son dirigidas por sus dueños, es decir, empresas pequeñas e incluso alguna mediana, ya que son las que más favorecen las economías locales; hacer oídos sordos a los cantos de sirena: promociones, ofertas y rebajas esconden algo siempre; volvernos ilocalizables, lo que nos dará tiempo para reflexionar; y plantearnos siempre, SIEMPRE, la siguiente cuestión ante todo lo que tengamos enfrente: ¿a quién favorece?

No llegamos hasta este punto de la conversación, pero estoy segura que Rubén estará de acuerdo conmigo en que los medios de comunicación deben retomar con honestidad sus funciones políticas: informar con veracidad; interpretar la realidad; contribuir a la creación de una opinión pública; fijar la agenda política, o contribuir a ello; en base a una serie de situaciones, denunciar de manera clara sobre qué temas deben preocuparse y actuar los políticos; control del gobierno o del ejecutivo. El periodista debe defender la libertad de información, pero no la suya, sino la de los ciudadanos.

 

Son necesarios largos años antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan y se lleven por delante el cinismo político; pero, al final, siempre acaban ganando la batalla

Vaclav Havel

8 pensamientos en “El quinto poder, o de cómo podemos vencer la desinformación

  1. No pude leer tu artículo cuando lo publicaste originalmente, así que bienvenida esta segunda oportunidad 🙂

    Creo que Otte da en el clavo cuando apunta a la sobreabundancia de información como una de las claves de la desinformación: cada día recibimos múltiples mensajes, a menudo contradictorios, tan opuestos entre sí que uno tiene la sensación de que la auténtica verdad le es escamoteada. A veces, la pasión con que se defienden posturas contrapuestas hace pensar en cortinas de humo: la información que apela a nuestra parte más emocional, sin duda busca que dejemos de lado la razón.

    Hoy en día constituye un enorme esfuerzo separar el grano de la paja, mantenerse firme ante distintas manipulaciones cada vez menos políticas y más económicas, aunque la frontera cada día resulta más difusa.

    Me ha intrigado una de las posibles soluciones: volvernos ilocalizables. Lo que me lleva a pensar en las redes sociales, las campañas sobre el “personnal branding”, la geolocalización, el poder de Google… ¿No serán acaso herramientas de control de la información menos inocentes de lo que pensamos? ¿Estarán siendo usados estos medios como herramientas para el golpe de Estado financiero y el control de la población? Tal vez debemos pensar en lo que tú misma has dicho: todo obedece a algo.

    Como siempre, un artículo excelente, Mónica. Un abrazo.

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    • Gabriel, gracias por tus palabras, como siempre.

      La sobreinformación es un problema, pero tiene una solución, que es aprender a seleccionar las fuentes en las que uno se informa. Tendemos a creer que solo podemos saber “qué pasa” a través de los medios convencionales, pero hay más, muchos más. Y sobre todo, nosotros podemos informarnos de primera mano sobre muchos asuntos; aunque es más fácil para muchos no hacer ese esfuerzo. Hablas también de la información que apela a nuestra parte más emocional: de la misma manera hay que saber seleccionar qué parte de ella es información y cuál es “manipulación” o “propaganda”. Claro, una cosa es información y otra muy diferente opinión, y en los medios se trabaja con las dos paralelamente. Informar debería limitarse al análisis de causas y cronología de hechos, y opinar debería trabajar más desde el juicio de valor de quien opina.Y es este segundo donde se juega con las emociones del receptor.

      En cuanto al volvernos ilocalizables, Otte se refiere a buscar momentos de “desconexión” para poder hacer reflexiones individuales. Eso ayuda a crecer como persona, a formar nuestras bases para poder emitir juicios, a tomar distancia para poder “separa el grano de la paja”. No obstante, lo que tú dices también es cierto, existen unas herramientas de control de la información que no debemos desdeñar, que obedecen a algo. Pero saber que eso es así es algo muy importante.

      De nuevo, gracias, Gabriel. Un abrazo fuerte.

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  2. Un cúmulo de reflexiones interesantes, compa Moni, como siempre, sobre un tema que tiene tantas facetas y matices, que es difícil no perderse en él (ya ves la paradoja, también respecto a la sobreinformación sufrimos, igualmente, de sobreinformación, valga la redundancia…). En todo caso, el problema solo se puede paliar (que no solucionar, ésas serían palabras mayores) con pensamiento crítico; lo cual implica, por motivos obvios, que hay que empezar por el pensamiento. Así que, al menos, hay que intentarlo. Ya sabes, en ello andamos (o intentamos andar…).

    Un fuerte abrazo y buen día.

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    • Manuel, no debemos dejar de intentarlo. Crear un pensamiento crítico estudiando, leyendo mucho, observando a nuestro alrededor y aprendiendo de todo ello. En ello andamos. Y es un placer ir en esta andadura con tan buenos compañeros de camino.

      Un abrazo enorme.

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  3. En 1998 acabé mi licenciatura en Ciencias Biológicas, y después de un verano intenso buscando trabajo, decidí matricularme en un curso sobre Periodismo y Divulgación Científica organizado por la Universidad San Pablo CEU de Madrid. La primera clase que recibí fue de economía y, a la salida, el director del curso se me acercó a preguntarme qué me parecía el curso. De la agria conversación que tuvimos aprendí dos cosas, que debo callarme más y que el periodismo no existe. Vivíamos entonces en plena paranoia del Anthrax, que iba a acabar con el mundo conocido a base de sarpullidos, y yo achacaba a la ignorancia de los periodistas en cuestiones científicas el estado de alarma que se estaba creando. Pero estaba equivocado. Mi error era de base.

    Creo que no soy el único que tiene incrustada en la cabeza la idea de un periodista íntegro, cuya función es la de dar noticias y perseguir al malvado, en ocasiones a riesgo de su propia vida. Algo del tipo ‘Todos los hombres del presidente’. Sin embargo, a medida que ha ido pasado el tiempo y he ido recopilando más información, que no más sabiduría, me encuentro con que la cosa anda más cerca de ‘Primera Plana’, por lo demás una excelente película. Que no se me entienda mal. Estoy seguro de que existe ese tipo de periodistas que luchan por lo que creen que es justo, exponiéndose a las represalias de los poderosos. Sólo hay que ver las estadísticas que publican cada año Reporteros sin Fronteras sobre muertes en todo el mundo relacionadas con el ejercicio de ese periodismo.

    Pero los periódicos, y los medios de comunicación en general, son empresas. Y a las empresas la verdad les trae al pairo. Las empresas venden productos, y los medios de comunicación venden información. Pero no se la venden al lector, o al televidente, se la venden a los grupos económicos que financian y sustentan esos medios de comunicación. Esto, que en su momento me pareció algo que se estaba produciendo a tiempo real, es tan antiguo como el propio periodismo. Leyendo tu post, me reafirmo en mi idea. Desde el mismo momento en que un medio selecciona lo que es noticia de lo que no, y es una selección que es necesaria, está sesgando la realidad hacia una verdad determinada, subjetiva y, en la gran mayoría de los casos interesada. Ejemplos no faltan. A los que apuntas tú llegué a través del tratamiento informativo de la política para América Latina de EEUU durante la Guerra fría, y cada vez más atrás. La segunda Guerra Mundial, ‘Ciudadano Kane’, las guerras coloniales de finales del XIX,… Tal vez por esa evidencia me molesta que algunos mediáticos saquen pecho defendiendo el ideal del periodismo y se monten un circo en una Plaza de El Cairo, siendo incapaces de acudir a las protestas que se producen a escasos 300 metros de la sede de su emisora en Madrid.

    En aquella conversación con el profesor, él defendía la figura del periodista, al encontrarse atrapado en un engranaje de intereses que le superaba ampliamente. Tiempo después encontré esta misma excusa durante mi experiencia como investigador. También la Ciencia responde a intereses financieros o, mejor dicho, la búsqueda de un dinero siempre escaso supera a la Ciencia en cuanto a la búsqueda de los hechos. He visto a gente tergiversar datos, sobre todo estadísticos, para que reafirmaran la tesis de partida y poder renovar la beca asociada al proyecto que financia una multinacional farmacéutica. Entendiendo las necesidades de comer de cada una de las personas, no me parece un argumento válido.

    Dentro de cada uno de los gremios, existen jerarquías, posiciones de poder que capacitan a determinadas personas a ejercer cierta presión sobre las estructuras regulan cada uno de esos mundos. Y ahí es donde no valen las excusas, en el propio espacio individual en el que te sientas contigo mismo y tu cuota de poder y te preguntas ¿qué estoy haciendo? Si tu respuesta no está encaminada a defender el ideal en el que crees, has dejado de pertenecerte y formas parte del engranaje que ya no te supera, si no que te incluye.

    El profesor, al que por entonces yo tomé por un cínico, me atacaba tildándome de ingenuo, y es posible que aún lo sea. En un momento dado, me preguntó ¿y qué puedes hacer tú? Ser honesto, le dije, que mi labor profesional esté marcada por esa necesidad de ser honesto y no contar una mentira a sabiendas, ni dar un tratamiento interesado a mi trabajo.

    No me contestó.

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    • Me imagino cómo de agria debió ser esa conversación tras la primera clase del curso con el director…

      No eres el único con esa idea del periodista íntegro, para nada. Y como luego avanzas, la integridad es necesaria en cualquier sector. Me hablas de la investigación, pero… ¿y la medicina, la educación, la política, la abogacía, la justicia…? O la panadera de delante de mi casa, me da igual. Sin integridad vamos mal. Lo que no significa que esté diciendo qué posturas ideológicas, vitales… debemos tomar, sino que una vez tomada, seamos consecuentes y la defendamos. Si voy de abanderada de la libertad, la igualdad, etc. debo ser consecuente con ello. Y si soy un chorizo hijo de puta, pues no engaño y apechugo. Periodistas íntegros, son necesarios; y sigo pensando que haberlos haylos, pero cada vez les complican más la vida. Yo ahora estoy en etapa “La periodista camarera”, (no sé si viste el vídeo) que cada mañana me repito ante el espejo que soy periodista para que no se me olvide mientras trabajo en otra cosa para poder ganarme la vida. Y yo aún tengo que creerme que tengo suerte de estar en un departamento de comunicación, hay quien está muy lejos de su oficio.

      Completamente de acuerdo contigo en eso de los “mediáticos” que se van a El Cairo a cubrir aquella revuelta y no lo hacen en Barcelona, Madrid, Valencia, Sevilla, Bilbao y tantas ciudades española. Puedo decirte que sí hay algunos que lo hacen; tengo una amiga, Lali Sandiumenge (@LaliSandi en tw), que escribe un blog incrustado en La Vanguardia, que estuvo viviendo en El Cairo cubriendo la revuelta desde el prisma de los blogueros (acaba de publicar un libro). Cuando saltó hace un año el 15M volvió a España para hacer lo mismo aquí: en el periódico le dijeron que eso no interesaba, así que de publicar sobre el 15M nanai (colabora en otro blog y ahora está trabajando también en la dirección de una revista semanal). Así que le cortaron bastante las alas. Pero ella siguió trabajando con diferentes grupos aquí en Barcelona. Evidentemente, hace lo que puede para difundir, pero a los medios convencionales no les interesa para nada difundir según qué informaciones. Así que a través del otro blog, tw, fb… intenta difundir al máximo.

      Como tú bien has dicho, los medios son empresas que venden productos que gusten a sus anunciantes, esos que tú has dicho “grupos económicos que los financian y sustentan”. Por ejemplo, ahora en TV3 no se está informando EN ABSOLUTO de las caceroladas que tienen lugar CADA DÍA en las oficinas centrales de La Caixa de Barcelona, porque ha sido la misma caja la que les ha dicho que de informar sobre eso nada de nada. Y no ha sido solo a TV3: ha sido a un montón de medios, bajo coacción de retirarles las inserciones en publicidad. Y no nos engañemos, los medios viven de la publicidad desde hace demasiados años. Lo curioso, por no decir sospechoso, es que RTVE, que no vive de la publicidad, tampoco informa sobre esto…

      Vuelvo a tu agria conversación con el director del curso. En el tiempo que estuve estudiando periodismo (tenía 30 años y trabajaba en comunicación, ya tenía estudios de publicidad, marketing, asesoría de imagen, etc., así que ya llevaba unos cuantos bailes en el cuerpo), todos los profes nos decían eso que te dijo a ti el director: que los periodistas se encuentran “atrapados en un engranaje de intereses que le superaba ampliamente”. Yo no me lo podía creer, pensaba que o yo era muy gilipollas o muy ignorante por ser tan osada de poner en duda eso que me decían y además decirlo en voz alta. Te he dicho todos los profes: solo hubo una, UNA, que decía que eso era la mayor gilipollez que había oído. Otra loca como yo, pensé, no me atreví a tacharla de gilipollas y menos de ignorante… Vi luz, y comprendí que el nivel de servilismo del periodismo era algo superior al que yo creía. Lo tenía claro pero no tanto como para que en la universidad se repitiera la máxima “los periodista son esclavos de su empresa” en cada clase de cada asignatura como si fuera un mantra divino.

      Y como tú pienso que ese esclavismo cómodo existe en todos los gremios. Digo esclavismo cómodo porque es más fácil dejarte llevar y que te digan qué tienes que hacer, decir, comer, vestir, cómo debes actuar, responder, preguntar, pedir, etc. que tener que pensarlo por ti mismo y enfrentarte para defender tu postura, tu INTEGRIDAD. “Y ahí es donde no valen las excusas, en el propio espacio individual en el que te sientas contigo mismo y tu cuota de poder y te preguntas ¿qué estoy haciendo? Si tu respuesta no está encaminada a defender el ideal en el que crees, has dejado de pertenecerte y formas parte del engranaje que ya no te supera, si no que te incluye”, escribes. En este punto casi lloro. Esa pregunta me la he hecho dos veces ―ahora es la segunda vez―, suerte que siempre ha sido con el tiempo suficiente de no haber caído en la trampa del engranaje. Creo que el tiempo de esa pregunta depende del tipo de persona: o el que yo tengo, que es a tiempo de enmendarlo; o el que la mayoría tiene, cuando ya es tarde y a veces ni se dan cuenta de preguntarse…

      Y terminas: “me preguntó ¿y qué puedes hacer tú? Ser honesto, le dije, que mi labor profesional esté marcada por esa necesidad de ser honesto y no contar una mentita a sabiendas, ni dar un tratamiento interesado a mi trabajo”. Aquí directamente he llorado y he montado un gran altar pagano a tw (lo segundo es broma). Eso es por lo que siempre me he esforzado, en todo, no solo en mi trabajo sino también en mis relaciones personales, con mis vecinos, con mis amigos, con todo y todos los que me rodean. Aquí podría extenderme hasta mañana o pasado pero no lo haré, porque no te voy a contar nada que tú no sepas.

      Un beso enorme, Antu. Muchas gracias por leerme y por escribirme.

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