(ex)Presión/Lenguajes de la revolución

Poder, fuerza, autoridad y violencia

Estos últimos días, especialmente desde el pasado jueves 29 de marzo, en España, y sobre todo en Barcelona, se han vivido episodios de extrema violencia. Violencia física. Esta violencia vino invocada directamente por nuestro presidente, Mariano Rajoy, quien con una perversa lucidez predijo que sus políticas le iban a costar una huelga general. Y la tuvo.

Exactamente como él esperaba y como los agentes sociales, los grandes sindicatos, planearon para aquel jueves. Y nosotros, la gran mayoría de nosotros, seguimos el dictado de esos gobernantes, de esos “líderes de opinión”, de esos manipuladores sociales, y unos por convicción, otros por solidaridad, la mayoría por ambas razones, salimos a la calle a decir NO a una reforma laboral —recordáis, ¿no?, salíamos a la calle por la penúltima soga que el gobierno y la CEOE nos colocaron alrededor del gaznate—, una reforma laboral, decía, que establece las bases para una de las más brutales pérdidas de seguridades y garantías sociales que los ciudadanos tenemos. El viernes 30, todavía con la resaca de las escenas vividas la jornada anterior en diferentes puntos del país, recibimos consternados los Presupuestos Generales del Estado. Unos PGE que por otro lado esperábamos tal como fueron: una sangría, un robo a mano armada, una salvajada, una expresión más de abuso de poder y de falta de servicio público que unos políticos, que un gobierno elegido democráticamente en las urnas, debería mostrar al pueblo, en favor de un ente voraz llamado Banco Central Europeo.

Violencia psicológica. Eso es lo que ejercieron hasta el día de la huelga. Y a partir de ese día han combinado las dos. ¿Qué son si no esas “detenciones preventivas” más que una pura manifestación de esa violencia, de esos dos tipos de violencia? Pero no han sido solo los políticos, los sindicatos, la patronal, los que han ejercido esa violencia. Los medios de comunicación han allanado el terreno con sus noticias sectarias, manipuladas, engañosas, fraccionadas. Como muchos empresarios, coaccionando a los trabajadores de sus empresas ante su decisión libre y respaldada por la Constitución ―esa desgraciada, esa ignorada y pisoteada Constitución― de ejercer su derecho a huelga. Y muchos ciudadanos y trabajadores, con su miedo, su falta de criterio, su mirar hacia otro lado, ese no querer ver lo que está pasando, también han hecho un brutal ejercicio déspota de violencia. «Los hombres pueden ser «manipulados» a través de la coacción física, de la tortura o del hambre, y es posible formar arbitrariamente sus opiniones mediante una deliberada y organizada aportación de noticias falsas, pero no lo es en una sociedad libre mediante «persuasores ocultos», la televisión, la publicidad y cualesquiera otros medios psicológicos.»

'Sobre la violencia', Hannah Arendt. Alianza Editorial; Colección Ciencias Sociales Ciencia política

Violencia. Sobre la violencia escribió en 1969 un ensayo Hannah Arendt, al cual pertenece la anterior cita. Es un libro absolutamente recomendable, que lleva por título exactamente ese, Sobre la violencia; y aunque ya hace más de cuatro décadas que sus páginas están escritas, no por ello carecen de actualidad. La violencia hace referencia, en su significación más básica, al «daño ejercido sobre las personas por parte de otros seres humanos». Los totalitarismos del siglo XX dieron un nuevo giro a este concepto y a su aplicación, sus técnicas. Mucho de lo que Arendt escribe en este ensayo suena absolutamente aterrador, terriblemente vigente. Eso me hace pensar, como a muchos de vosotros ―creo―, que el terrorismo de estado es algo inherente a cualquier tipo de gobierno, a cualquier Estado. Siempre se ha ejercido. Siempre se ha denunciado. Y a pesar de ello se sigue ejerciendo impunemente. Si bien es cierto que terror no es lo mismo que violencia; es, más bien, «la forma de Gobierno que llega a existir cuando la violencia, tras haber destruido todo poder, no abdica sino que, por el contrario, sigue ejerciendo un completo control. La eficacia del terror depende casi enteramente del grado de atomización social. […] Esta atomización ―una palabra vergonzosamente pálida y académica para el horror que supone― es mantenida e intensificada merced a la ubicuidad del informador, que puede ser literalmente omnipresente porque ya no es simplemente un agente profesional a sueldo de la policía, sino potencialmente cualquier persona con la que uno establezca contacto». Os lo había dicho, suena muy actual.

Recordemos que la violencia que vivimos fue ejercida por querer defender las consecuencias futuras de las políticas golpistas de nuestros gobernantes. Un futuro que siempre ha estado a merced del presente, que siempre ha sido víctima del pasado. George Wald ya definió las revueltas de mayo del 68 como el resultado de «una generación que no está por ningún medio segura de poseer un futuro». Stephen Spender expresó esta idea de una forma absolutamente gráfica, definiendo el futuro como «una bomba de relojería que hace tic-tac en el presente». Y Arendt lanza dos preguntas ante tan contundentes afirmaciones: ¿quiénes son los de la nueva generación? —cuya única respuesta debería ser “los que oyen el tic-tac”—, y ¿quiénes son los que les niegan profundamente? —lógicamente son aquellos que no lo saben, los que no conocen los hechos o se niegan a enfrentarse con ellos tal como son—. «Poder, fuerza, autoridad y violencia […] se emplean como sinónimos porque poseen la misma función». Y sin embargo son términos que hacen referencia a fenómenos bien distintos. Ya no se trata tan solo de respetar una cuestión de gramática lógica, de significados lingüísticos, sino que «también ha tenido como consecuencia un tipo de ceguera ante las realidades a las que corresponden.»

Escribe Arendt que nunca ha existido un gobierno «exclusivamente basado en los medios de la violencia. Incluso el dirigente totalitario, cuyo principal instrumento de dominio es la tortura, necesita un poder básico —la policía secreta y su red de informadores—». El dominio, por muy despótico que sea, tiene su base y es eficaz en una organización superior del poder, en la «solidaridad organizada de los amos». Un hombre solo no tiene suficiente poder como para emplear la violencia con éxito. Por eso la violencia opera «como el último recurso del poder contra los delincuentes o rebeldes ―es decir, contra los individuos singulares que se niegan a ser superados por el consenso de la mayoría―». Violencia y poder. La combinación de ambos es muy corriente, lo mismo que descubrirlos «en su forma pura y por eso extrema; […] parece como si la violencia fuese prerrequisito del poder y el poder nada más que una fachada, el guante de terciopelo que o bien oculta una mano de hierro o resultará pertenecer a un tigre de papel.»

Otra forma de violencia, a la que todos nos vemos expuestos. «Cuanto mayor sea la burocratización de la vida pública, mayor será la atracción de la violencia». Está muy claro: no hay nadie con quien discutir, a quien presentar quejas o ejercer presiones de poder. La burocracia es la «forma de gobierno en la que todo el mundo está privado de libertad política, del poder de actuar; porque el dominio de Nadie no es la ausencia de dominio, y donde todos carecen igualmente de poder tenemos una tiranía sin tirano». La burocracia no es más que otra forma de formidable dominio. Es una forma de poder, de violencia mitigada, lo que vendría a ser la fuerza, en palabras de Alexandre Passerin d’Entrèves, como «elemento utilizado conforme a la ley». La burocracia sería el ejemplo extremo de gobierno tiránico ―donde entendemos por tiranía el gobierno que no está obligado a dar cuenta de sí mismo ―, pues es, como ya se ha dicho, el gobierno de Nadie: es imposible localizar responsabilidades o identificar al enemigo, lo que causa una «rebelde intranquilidad difundida por todo el mundo, de su caótica naturaleza y de su peligrosa tendencia a escapar a todo control, al enloquecimiento.»

La fuerza de la burocracia, una manifestación esperpéntica de la autoridad, despersonaliza al hombre, lo deshumaniza, de la misma manera que lo hacían los campos de concentración, del mismo modo que lo hace la tortura o el hambre. Y en esas condiciones «el más claro signo de deshumanización no es la rabia ni la violencia sino la evidente ausencia de ambas». La rabia solo aparece si el hombre cree que existen razones para creer que esa situación podría llegar a cambiar, «solo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia». Eso significa que la violencia, y la rabia que la provoca, serían los únicos medios para restablecer el equilibrio de la balanza de esa justicia.

Quiero terminar destacando una última cita del libro de Hannah Arendt: «Fue el típico caso de una situación revolucionaria que no evolucionó hasta llegar a ser una revolución porque no había nadie que estuviera preparado para asumir el poder y las responsabilidades que supone». La violencia es un medio puramente y por definición instrumental. Y como todos los medios necesita para desarrollarse de «un guía y una justificación hasta lograr el fin que persigue». El poder no es un medio, y por tal no necesita justificación: su único requisito es la legitimidad.

Poder, fuerza, autoridad y violencia. Defendámonos. Somos más.

 

3 pensamientos en “Poder, fuerza, autoridad y violencia

  1. De violencia hay de muchos tipos, pero sin duda la peor, es la que guiada por la codicia condena a la miseria a millones de personas.

    Por desgracia, la violencia del poder y los estados siempre es “legítima”. Así se justificaron, guerras, terrorismo de estado, el holocausto, persecución política, inquisición, cruzadas… etc.

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  2. Gracias por el comentario (exprés). Si no lo has leído, te recomiendo el libro.

    Lógicamente, quien ejerce el terrorismo de estado es el mismo que crea leyes que le inmunizan de todas aquellas salvajadas que pueda cometer.

    ¡Abrazos, Mikel!

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