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Ruanda 1994, o cómo conocer una historia africana

En su artículo Comunicación contra información, redactado en abril de 2011, hablaba Ignacio Ramonet de la incapacidad estructural que padecen los medios por distinguir lo verdadero de lo falso. La información, liderada por «los patronos de la industria del entretenimiento», pierde su carácter aclaratorio del discurso democrático para pasar a ser una mercancía que se vende al mejor postor. En su escrito, el autor hace un recorrido por diferentes motivos que llevaron a esa situación, mutaciones en algunos conceptos básicos del periodismo. Aquí me interesa solo el primero: la significación de una imagen.

Masacre en Kabgayi, 1994 | Foto: Gilles Peress

Masacre en Kabgayi, 1994 | Foto: Gilles Peress

No me entendáis mal: el consumidor de noticias es vago y descreído, quiere ver las cosas con sus propios ojos, y no que se las cuenten. Él en su artículo pensó en Ruanda en 1994. Es uno de tantos ejemplos, pero es muy válido. En las mismas fechas en las que tenía lugar uno de los exterminios más violentos de finales del siglo XX, Cannes celebraba su Festival de Cine. La gran ganadora fue Pulp Fiction, eso lo recordamos todos. Lo que no recordamos con tanta claridad es el inicio de un genocidio que inundó con miles de litros de sangre un pequeño país en el centro del continente africano, apenas un insignificante punto en el centro de su mapa. Lo peor de todo es que cuando las imágenes empezaron a llegar a los televisores occidentales mostraban una realidad que no se correspondía con la verdad.

La verdad es el motivo por el que ocurren las cosas, la realidad es una fracción de mundo que queda congelada en un instante, en unos cuantos fotogramas. «Francia montó una llamada “operación turquesa” para proteger a las poblaciones. Genocidio, víctimas, protección. Todo parece funcionar. Pero como del genocidio no hubo imágenes reales, lo que los telespectadores ven cuando creen estar viendo a las víctimas no es otra cosa que a los victimarios, y la “operación turquesa” fue tendida para defender a los autores del genocidio. Este tipo de información no puede decir una cosa y su contraria, no se puede decir: ha habido víctimas, he aquí los verdugos. Los verdugos son víctimas»

Los verdugos son víctimas. Qué difícil de entender si la información es tan sesgada como lo fue, como lo suele ser. Los hutus exterminaron a un gran número de tutsis. Pero… ¿quién sabía quiénes eran los hutus o los tutsis? ¿Quién sabía de los motivos? Kapuscinski estuvo durante sus viajes por el continente africano. En su libro Ébano, el periodista explica a través de diferentes historias sus experiencias, no EN sino CON. Con personas de allí, de sus encuentros y sus experiencias con ellas. Uno de esos artículos recoge una conferencia que dio sobre Ruanda. Su historia, su genocidio de 1994, pero sobre todo de las razones que abocaron al país a ese terror concentrado en tres meses.

Refugiados masacrados en la parroquia de Nairobi, 1994 | Foto: Gilles Peress

Refugiados masacrados en la parroquia de Nairobi, 1994 | Foto: Gilles Peress

En Ruanda sólo existe una comunidad, la banyaruanda, que a su vez se divide en tres castas: los tutsis, los propietarios de los rebaños, la verdadera riqueza del país; los tutsis, los agricultores; y por último los twa, jornaleros y criados. La proporción de cada una de ellas es de 14, 85 y 1 respectivamente. Esta organización se mantiene desde hace siglos, no se sabe exactamente si desde el XII ó el XIV pues no hay fuentes escritas que confirmen estos datos. Su montañosa orografía ―al contrario que el resto del continente, por lo que es conocido como el Tíbet de África― hizo de él un país al estilo japonés, una comunidad muy cerrada que no se relacionaba con el exterior y que tampoco dejaba entrar extranjeros a su territorio. En 1886, el territorio pasó a ser propiedad de los alemanes en la operación de reparto que tuvo lugar en la conferencia de Berlín de los territorios coloniales. Pero ni unos ni otros establecieron ninguna relación, es más, lo ruandeses ni siquiera supieron de sus nuevos dueños. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania perdió sus colonias y Ruanda pasó a formar parte del botín de guerra de Bélgica. Pero los belgas tampoco mostraron gran interés por un minúsculo país que se encontraba a más de mil quinientos kilómetros de la costa, su verdadera zona de interés, y relegaron su gobierno a los tutsis.

Ruanda continuó con su organización de castas: los tutsis, la casta dominante, era la formada por los aristócratas y los nobles de alta alcurnia; los dueños de los cebúes, la riqueza del país. Los hutus, la casta más numerosa, eran los vasallos; vivían de cultivar la tierra, entregaban al señor parte de sus cosechas y a cambio recibían protección y el usufructo de una vaca: una perfecta relación feudal. Pero  el equilibrio empieza a romperse a mediados del siglo XX: el ganado de los tutsis aumenta y necesita más terreno para sus pastos; la tierra está ocupada por la cada vez mayor población hutu. Al ser una zona muy montañosa no hay opción a desplazarse a otros terrenos, que además son de una calidad mucho peor que la ya casi estéril tierra en la que trabajan.

En ese preciso instante hacen su aparición los belgas: en toda África está creciendo un movimiento anticolonial, y es entonces cuando los tutsis reclaman también a los belgas su independencia. Los belgas deciden apoyar a los hutus: son mayores en número, pero más sumisos, menos instruidos y más manejables. Y les predisponen contra los tutsis: en 1959 estalla la sublevación campesina en Ruanda, la revolución social, la antifeudal. La única de ese carácter en África. «Sólo Ruanda vivió su toma de la Bastilla, su destronamiento de un rey, su Gironda y su Terror». Los hutus iniciaron una bacanal de fuego y sangre, una matanza masiva de tutsis y de su ganado. No existen cifras, pero varias decenas de miles de tutsis fueron asesinados y otros tantos huyeron a países vecinos.

Víctima de la violencia tribal. Rwanda 1994 | Foto: Gilles Peress

Víctima de la violencia tribal. Rwanda 1994 | Foto: Gilles Peress

En 1962 Ruanda recuperó su independencia. El poder estaba ahora en manos de los campesinos hutus. Fue la época del primero de los viajes que Kapuscinski haría al pequeño país. Kigali, la capital, no es más que un pueblo de mala muerte. Los hutus, a pesar de haberse hecho con el gobierno, no están tranquilos: les invade el miedo a la venganza por parte de los tutsis, «sentimiento profundamente arraigado en la mentalidad africana». Han sido expulsados pero se han instalado en campamentos alrededor de la fortaleza montañosa. Y miran esas vacas que fueron suyas, convirtiendo la visión en una obsesión. Y empieza a gestarse la Endlösung, la solución final. En 1965 se produce un nuevo brote de terror sangriento. Pero nadie se hace eco, ni observadores externos, ni comisiones internacionales ni medios de comunicación. Un reducido grupo de corresponsales consiguió oír las voces de los tutsis huidos de las nuevas matanzas a su llegada a Tanzania: se habló de veinte mil muertes a machetazos, aunque pudieron llegar a cincuenta mil. La violencia fue recíproca: las “cucarachas” tutsis queman aldeas y asesinan a hutus con la misma saña: las antiguas sectas tribales renacen y conspiran entre ellas alimentando el odio por el “Diferente”

Burundi, vecina y gemela de Ruanda, tuvo un recorrido similar con una diferencia: allí fueron los tutsis los que mantuvieron el poder tras la revolución campesina del 59, instaurando una férrea dictadura militar feudal. Ante cada masacre en Ruanda, Burundi respondía con una revancha salvaje, y viceversa. En 1972 los hutus de Burundi emprenden un plan de sublevación, un nuevo escenario sangriento, que provoca un año más tarde un golpe de estado en Ruanda dando el gobierno del país a una de las tribus más radicales y chovinistas del clan hutu: este hecho hizo patente las profundas tensiones que se vivían en el interior de la comunidad hutu. El general Juvénal Habyarimana, jefe del ejército ruandés, ejerció el poder hasta su muerte, en 1994. Impuso una dictadura de hierro y cambió el eje del conflicto: ya no se trataba de hutus contra tutsis, sino de fiel servidor de su partido (único, lógicamente) contra elementos conspiradores contrarios al poder. El conflicto interno adquiere una nueva dimensión: al odio entre clanes se suma el odio entre dictadura y democracia, en el que se aúnan los odios de hutus y tutsis hacia el líder por igual. Además, Habyarimana establece una durísima privatización del país pasando a ser propiedad privada del líder y su familia.

Los tutsis exiliados seguían alimentando su odio hacia los hutus por sus privilegios perdidos, por los asesinatos sufridos, por su país robado, por la vida errante a la que se habían visto abocados. La vida en los campos de refugiados hace que este odio se transforme en la necesidad de luchar por sus derechos, sobre todo por parte de las nuevas generaciones. La Tierra de los antepasados es «la fuente de la vida», y la imposibilidad de abandonar esos campos hace que los tutsis conspiren y se organicen en un ejército fuerte, bien instruido, ávido de entrar en combate. Nace así el Frente Nacional de Ruanda (FNR), que inicia su acción la madrugada del 1 de octubre de 1990, sumiendo Kigali en la sorpresa y el terror. Habyarimana es incapaz de responder al ataque, y pide ayuda al presidente Mitterrand. En Francia, en esos momentos, se vive una etapa de gran sentimiento patriótico, lo que incluye zonas francófonas fuera de sus fronteras, la Francophonie. Llegaron al país paracaidistas franceses, lo que frenó el avance del FNR sobre Kigali, pero los tutsis, una vez dentro de Ruanda, ocuparon los territorios del nordeste.

Kabgayi. Hospital cercano al campo de concentración | Foto: Gilles Peress

Kabgayi. Hospital cercano al campo de concentración | Foto: Gilles Peress

El país se sumió en un estado de indefinición, hasta 1994: dentro del clan gobernante salen voces diferentes que piden la creación de un gobierno nacional de coalición, frente a los intereses del dictador por mantener su poder hegemónico. Este poder incluye un grupo de ideólogos, intelectuales y científicos, que «formulan los principios de una ideología que justificará el genocidio como única salida». Esa teoría proclama que el clan de los tutsi pertenece a una raza diferente y extraña, que ha reducido durante años al clan hutu a la miseria, el hambre y la humillación. Ferdinand Nahimana, uno de los principales ideólogos de esa teoría, insta con sus arengas a la solución final: el exterminio total. Los efectivos del ejército hutu aumentan su número hasta 35.000 soldados; se crea una segunda fuerza de élite instruida y armada por Francia, República de Sudáfrica y Egipto. Sin embargo, será la Interahamwe, una organización paramilitar de masas, la fuerza más peligrosa de ese ejército.

Habitantes de aldeas y pueblos, parados, campesinos pobre, escolares, universitarios, oficinistas: toda una masa ingente que recibe instrucción militar e ideológica para llevar a cabo con la máxima efectividad el holocausto. A la vez, se confeccionan listas, las temidas listas de elementos contrarios al régimen, listas que enumeran los que serán víctima de la sangría. La ideología de muerte y exterminio se propaga en el periódico Kangura, pero la fuente principal de la propaganda que hará llegar las órdenes de matar será Radio Mille Collines, emisora que sembrará el terror durante los días de la gran masacre que aún está por llegar al grito de «¡Muerte! Las fosas con cadáveres tutsis sólo están ocupadas hasta la mitad. ¡Daos prisa en acabar de llenarlas!»

El 6 de abril de 1994 fue la fecha clave: el presidente Habyarimana es asesinado y empieza la matanza de los hutus, una matanza que se extendió durante tres meses. Hay quien habla de medio millón de muertos, otros doblan esa cifra. No murieron por disparos o la explosión de bombas: lo hicieron descuartizados con machetes, martillos, lanzas y palos. Se creaba así una comunión criminal del pueblo, una participación masiva en el genocidio, un sentimiento de culpa unificador. El crimen debía responder a una acción de masas, popular e incluso espontánea, que manchase de sangre las manos de todos. «El mal es una criatura grande, fea y descomunal. Es un enemigo formidable en un ataque frontal. […] Una triste verdad de la naturaleza humana es que es difícil preocuparse por personas cuando son abstracciones». Son dos frases extraídas del libro que escribió Paul Risesabagina, Un hombre corriente, el director de un hotel de lujo situado en Kigali que vivió en primera persona los acontecimientos de 1994. Releed las dos frases. Volved a leer la segunda. Y continuad con el siguiente párrafo.

Antes de entrar en interminables discusiones sobre el binomio objetividad/subjetividad, quiero que penséis en las palabras del principio de este post, en esas mutaciones de algunos conceptos básicos del periodismo, en esas realidades que no se corresponden con las verdades: las televisiones emitieron una «construcción ficticia que fue la única que hubo y quedó». Son palabras extraídas de uno de los artículos del periodista polaco que componen Los ojos de la guerra, una serie de crónicas nacidas de la emoción compartida por diferentes corresponsales de guerra ante la noticia de la muerte del periodista Miguel Gil en una emboscada en Sierra Leona mientras cubría la contienda en mayo de 2000. Pero no nos perdamos en otras historias, volvamos al hilo del discurso para su conclusión.

Ryszard Kapuscinski (1932 - 2007)

Ryszard Kapuscinski (1932 – 2007)

La información exacta muere a favor de historias virtuales; el ritmo de la producción se antepone al de la redacción, y los tiempos breves obligan a la superficialidad y la falsedad. «Cuando estuve en Ruanda, durante la matanza de 1994, noté que muchos periodistas, de tan conectados con su central por teléfonos y correo electrónico, no veían lo que pasaba en el lugar. Llamaban a sus jefes en Nueva York, Londres o Madrid, quienes les decían que necesitaban confirmar esta u otra noticia que les había llegado. Ya no eran reporteros: sólo seguían órdenes de unos jefes que ni siquiera sabían dónde quedaba Ruanda» En otro de sus libros, Los cinco sentidos del periodista, Kapuscinki también hace referencia a Ruanda. En esta ocasión, hace hincapié en el reducidísimo grupo de personas que realmente conocieron en profundidad los hechos. Y en el asombro que sintieron por las falsedades con las que se dieron a conocer esos hechos. Sus voces, alternativas y difundidas a través de algunos pocos libros, no podían competir con la accesibilidad de los medios masivos.

Vivimos en un mundo de tantas culturas que solamente un reducido grupo de especialistas es capaz de entender y aprender algo de lo que está pasando. El resto accede al discurso fragmentado y superficial que los grandes medios condensan en un minuto: se trata de un problema que seguiremos sufriendo mientras las noticias muevan tanto dinero, estén influidas por el capital y compitan como productos de los dueños de los medios.

6 pensamientos en “Ruanda 1994, o cómo conocer una historia africana

  1. Un artículo denso, muy denso, compa Mónica, en cuyos vericuetos no es difícil —todo lo contrario— perderse (y no por problemas de redacción, sino de complejidad de lo tratado). Lo único claro que siempre tuve sobre el conflicto de Ruanda —tanto cuando lo seguí, en su día, al hilo de la actualidad, como posteriormente, en base a análisis más pausados, como es este tuyo de hoy—, y que creo que es extensible a cualquier otro conflicto violento (ejemplo prototípico, el de los Balcanes), es que las informaciones que nos llegan están totalmente distorsionadas por la limitación (intencionada o no) de la mirada, y por los intereses comerciales de los medios que nos las transmiten. ¿Conclusión? Que ni sabemos nada, ni nada vamos a llegar a saber, más allá de apuntes fragmentarios, pobres, torpes; eso, nada…

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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    • Manuel, la intención fue explicar un hecho parcialmente difundido desde una perspectiva más amplia, tratando de hacer un análisis más profundo. Pero claro, dentro de las limitaciones de este medio -esto requeriría un libro como mínimo-. La fragmentación que hace la actualidad (no solo la informativa) es brutal, y siempre he creído que no se puede conocer, y mucho menos juzgar, a través de hechos aislados.

      Ésta era una de las finalidades de este wordpress, tratar de profundizar para no quedarme con la imagen congelada de una centésima de segundo, sino buscando los precedentes, las causas, y poder dar algo de luz a los efectos.

      Quiero creer que podremos llegar a saber “más allá de apuntes fragmentarios, pobres, torpes”. Quiero creer…

      Un abrazo

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      • Yo también creo que podremos, Mónica, pero no será a través de la estructura mediática tal como está actualmente montada, sino a través de redes de “capilarización ultrafina”, casi personalizadas, vaya, algo que aún está muy en pañales, por más que se proclamen las bondades a ese respecto (y que yo no negaré, pero que tampoco voy a magnificar) de algunas herramientas actuales (ya sabes: Twitter, Facebook y demás martingalas…). Tiempo al tiempo, y a seguir currándo(lo)…

        Un fuerte abrazo y buen día.

        P.S. Qué alegría más grande poder enrollarse sin que un contador te diga “t’as pasao de 140, julandrón”…

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  2. El artículo está genial, me lo he empapado de arriba a abajo. También se nota que el Kapuzcinsky es como tu ídolo periodístico. Es tan complicado esto de la objetividad, pero hay que tender hacia ella. Me parece un análisis magnífico cuando comenta que los reporteros, acuciados por sus empresas y jefes, estaban más pendientes de lo que estos requerían que de observar y contar la realidad del momento. Un abrazo.

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