Sentidos

Para ser hombre-hombre

Hola, Enrique, José, Daniel, Sergio, Javier, Pablo, Miguel, David, Paco, Jaime, Iván, Alberto, Damián, Felipe, Roberto: da igual cómo te llames. Hola a ti que eres hombre. Te escribo para contarte algo que te va a interesar. Mucho. Seguro.

Resulta que ti y a mí nos han enseñado cosas distintas. Porque tú eres hombre blanco heterosexual y yo soy mujer. Y tú dirás que eso no es cierto, ¡si hasta íbamos a colegios mixtos, los profes y el temario eran iguales!, ¿de qué estás hablando?, ¿estás tonta?, ¿estás intentando cabrearme?

No, no, no quiero cabrearte para nada, tú ya te cabreas solo; esta es una de las cosas que te han enseñado y a mí no: a vivir en un estado de agresividad constante. Te han enseñado que mantener esta actitud ante la vida no es violencia, al contrario, que es un rasgo natural y definitorio de la masculinidad, de los hombres-hombres.

Y no, ni mucho menos estoy tonta. Esa es otra de las cosas que te han enseñado, que los hombres-hombres estáis por encima de las mujeres. De todas, claro. Y del resto de purria. Y te han marcado claramente dónde está el límite de la purria: maricas, moros, negros, sudacas, panchitos, yonquis, pobres… Bueno, ya sabes, purria.

Aunque no te lo parezca, nuestra educación ha sido muy distinta porque tú eres hombre blanco heterosexual y yo soy mujer. También fue distinta para algún compañero tuyo de clase, haz memoria, ¿te acuerdas de ese chico que si jugaba al fútbol en el recreo se quedaba siempre apartado y cerca de la banda? No, claro, estabas concentrado en otras cosas, porque a ti te estaban enseñando a ser hombre-hombre y estabas aprendiendo que él era purria. Y no solo en la escuela, era una tarea de todo tu entorno: tu familia, el barrio, los amigos, la tele, los comics, los juegos, la publicidad, el fútbol, todo.

Y en todo este tiempo, para que seas hombre-hombre, se han empeñado bien, no han olvidado ni un detalle.

03082021 Para ser hombre-hombre

Estatua de Mercurio con monedero en la mano y un halo de falos en la cabeza. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Septiembre de 2011 | Foto: Marie-Lan Nguyen

Te han enseñado que debes controlar tu estado de ánimo, que mejor tener solo uno: siempre fuerte, siempre inquebrantable. Te han enseñado que nada de sentimientos. Que debes ser frío, calculador, estratega, aunque a veces debas quedarte en pura táctica. Debes ser racional, o por lo menos aparentarlo. Te han enseñado que no puedes llorar, que eso es de maricas y de mujeres. Te han enseñado que no debes sentir miedo, ni dolor, ni tristeza, ni inseguridades. Te han enseñado que hablar de tus cosas con otros hombres-hombres debe limitarse a un «¿Cómo va todo?-Bien, bien-[choque de manos, o de puños, o abrazo con fuertes palmadas]».

Te han enseñado que debes hablar más fuerte y hacer más ruido, dar golpes en la mesa mientras bramas risotadas y vociferas palabrotas y frases machistas, que es la forma en que los hombres-hombres marcan el territorio, su territorio, que es todo el territorio.

Te han enseñado que no te equivocas nunca, que tu voz es autoridad, que no debes justificarte cuando hablas y sentencias, que debes decir la última palabra, que no tienes que disculparte, como mucho pedir perdón en misa. Y por si te equivocas alguna vez, te han enseñado a defenderte: si te pillan debes gritar más fuerte, gritar lo que sea y sin descanso; debes apabullar y ocupar el espacio, moverte para parecer más grande. Lo que sea antes que perder, claro. Perder nunca, nada. Porque también te han enseñado que tu cometido es ganar: dinero, poder, prestigio, ligues. Muescas. Siempre ganar. Perder nunca, nada.

Te han enseñado que puedes pavonearte delante de las chicas, de las mujeres; es más: que debes hacerlo, porque se trata de una caza y hay que ganar la mejor presa —nunca mejor escrito y nunca con la mayor intención—. Seducir, engatusar, todo para ganar. Otra vez ganar. Siempre ganar.

Te han enseñado que nos tienes que abrir la puerta. Que tienes que pagar la cuenta. Que tienes que arrodillarte frente a nosotras para decirnos que nos quieres y que quieres casarte con nosotras, pero solo para eso, nunca más. Te han enseñado que poner el anillo en el dedo es símbolo de posesión para ti y de sumisión para nosotras. Te han enseñado que tienes que defender tus posesiones a sangre y fuego, por encima de todo, por encima también de nosotras mismas.

Te han enseñado que tienes que sentirte celoso de los tíos que sonríen a tu hembra, que le hablan, que le rozan un brazo, que la miran, ahí no importa que ellos también sean hombres-hombres. Y te han enseñado que tienes que comprobar que tu hembra siente celos cuando tú flirteas con otra hembra, te pegas a su cara para hablarle, le pasas un brazo por la cintura, te pones baboso y le haces comentarios picantes.

Te han enseñado que tu cometido como cabeza de familia es trabajar fuera de casa, llevar el dinero con tu esfuerzo y con el sudor de tu frente, y que tu casa es para que tú puedas descansar, para tener la comida servida en la mesa y la ropa limpia en el cajón, para que ni tu esposa ni tus hijos te molesten, al contrario, para que te hagan el descanso mucho más relajado.

Te han enseñado que tú nunca tienes la culpa, no era cosa tuya, no era tu responsabilidad. La culpa siempre es de otros: de tu jefe, o del tráfico, o del teléfono, que a veces falla, o de que estabas nervioso y cansado por nuestra culpa, o porque te han puesto un nuevo jefe, que encima es una tía, ¡una tía!, y el primer día ya nos ha amenazado diciéndonos que quiere tener el mejor equipo. Menuda malfollada. Y es que te han enseñado que los hombres y las mujeres tienen roles muy distintos. ¿Y ahora les dan un cargo y un despacho? ¡La mejor, en la cocina con la pata quebrada!

Te han enseñado a tratarnos de tontas, de idiotas, de imbéciles, de incapaces. Te han enseñado a tener argumentos siempre, aunque no sean válidos debes defenderlos a muerte, a utilizar el «y tú más» aunque no venga al caso o te lo medio inventes. Porque también te han enseñado a mentir, y lo haces muy bien.

Te han enseñado a atacarnos restando importancia y minimizando quiénes somos, qué hacemos, nuestros trabajos, nuestras opiniones, nuestras ideas, argumentos, críticas… Te han enseñado a deslegitimarnos, a banalizarnos, a quitarnos la autoridad ante los hijos, compañeras de trabajo, subordinados, familiares, amigos.

Te han enseñado que tienes que ser aliado de los otros hombres-hombres, que son iguales que tú y tienen los mismos gustos y los mismos problemas, que tienes que aceptarlos y reírles sus gracias igual que ellos deben aceptarte y reírte tus gracias. Pero sin mariconadas. Porque te han enseñado que dos hombres besándose es asqueroso y antinatural, pero que una mujer desnuda o dos mujeres besándose te la tiene que poner dura (y te la pone muy dura).

También te han enseñado el matonismo como otra forma de relación con otros hombres-hombres, un «estado de guerra permanente», una «frontera» de tu «masculinidad», una marca que te identifica como hombre-hombre.

Te han enseñado que un hombre-hombre siempre gana, aunque los que pierdan sean uno o ciento, aunque los que pierdan dejen por el camino copas, medallas, sponsors, ascensos, despachos más grandes, secretarias, coche, casa, dinero, mujer e hijos, familia, trabajo, estatus, vida. Y para ganar hace falta mucho esfuerzo y mucha capacidad de resistencia.

Te han enseñado que para ser hombre-hombre tienes que saber esforzarte y resistir, que hay que apretar fuerte los dientes y aguantar, que patada y pa’lante con todo. Te han enseñado que es normal que nosotras desfallezcamos y lloremos y caigamos rendidas y necesitemos ayuda y seamos unas depresivas. Te han enseñado que para ser un hombre-hombre hay que ganar, y que si pierdes debes gestionar tu ira y tu frustración a hostias, da igual que estampes contra la pared un vaso, una raqueta, o la cara de tu mujer. Pero si no ganas, te han enseñado que la culpa no es tuya, y que puedes reventar una puerta de un puñetazo y decir que lo dejas porque te están jodiendo la vida, solo quieren eso, joderte la vida, y no lo van a consentir porque tú eres un hombre-hombre y que se vayan a tomar por culo.

Te han enseñado que si nos piropeas aunque no nos conozcas debemos sonreír, agachar la cabeza y seguir andando. Y que si te recriminamos por ello debes decirnos gritando que cómo nos ponemos por nada, que tampoco es para tanto, que ya te gustaría a ti que una mujer te dijera por la calle guapo, dónde vas solo, menudo culo, tienes un buen par de tetas. Tienes que gritarnos que ya no se puede ser ni caballeroso, eres una puta, una zorra, frígida, malfollada, que te jodan, qué, ¡qué!, ¡quieres guerra!, ¡pues ven aquí y toma guerra! —esto último mientras te agarras los huevos y la polla por encima del pantalón y los agitas arriba y abajo violentamente—.

Te han enseñado que debes tratarnos con paternalismo, con condescendencia. Que siempre tienes la razón y tu obligación es ilustrarnos con ella. Y que al tener la razón no podemos, no debemos, nunca, sugerirte, ni mucho menos corregirte. Porque te han enseñado que si te corregimos o te llevamos la contraria, te estamos insultando y debes menospreciarnos y ridiculizarnos. Debes desprestigiarnos y humillarnos.

Te han enseñado que si una de nosotras intenta dejarte en evidencia o tratarte de imbécil debes atacar con toda la violencia que puedas; verbal, física: lo que haga falta. Y te han enseñado a ser violento con el lenguaje. ¿Alguna vez te han escupido con rabia «nenazo»? ¿O «zorro»? ¿O «puto guarro»? ¿Alguna vez te han dicho que no te vas a volver a levantar de la cama? Y también con tus acciones. ¿Alguna vez te ha perseguido un grupo de mujeres en actitud muy agresiva por la calle de noche cuando ibas solo? ¿Andaban a tu altura, trataban de cogerte, se reían de ti, te acosaban? ¿Te han empujado contra la pared y se han acercado tanto a tu cara que podías distinguir nítidamente los poros en la piel de su nariz?

Te han enseñado que la camaradería es unirse a otros hombres-hombres en manada y defenderos juntos. Te han enseñado que si una zorra, si algún marica, si algún moro de mierda, si alguien de la purria se sobrepasa hay que darle una lección, y que mejor hacerlo en manada porque la manada os hace fuertes. Y si hace falta, bajarle los humos a esa calientapollas que os ha mirado y ha sonreído, y cuando le habéis dado coba ha pasado de vosotros y os ha dejado con todo el calentón en los huevos. Y de eso nada, perra, ahora vas a saber lo que es bueno.

Te han enseñado muy bien cómo ser un hombre-hombre. Una enseñanza que ha sido y sigue siendo continua. Cuánto privilegio. Y aun así, puede que no seas alumno de matrícula de honor, que no cumplas toda esta larga lista de aprendizajes para ser un completo y verdadero hombre-hombre. No todos los hombres lo sois. Algunos sí, pero no todos. Probablemente tú y algunos otros hacéis vuestras unas u otras cláusulas de esta especie de contrato; probablemente las otras os repelen, pero es difícil que lo manifestéis abiertamente. Puede que alguna vez tú y algunos pocos reprochéis lo que hacen otros aliados, tal vez tratéis de censurar a los hombres-hombres puros, pero el grupo es fuerte y las quejas acaban sofocadas.

Y dices, en muchas ocasiones y justificando con un «todo eso no es así como tú dices«, que quienes te han enseñado han sido tu madre, tu tía, tu abuela, tu hermana, tu profesora, que son las que se encargaban de tu educación porque tu padre, tu abuelo, tu hermano, tu profesor, estaban muy ocupados trabajando, estudiando, haciendo cosas de hombres-hombres, no tenían tiempo para nada más, «además eso es trabajo de las mujeres«. «Como si no se aprendiera por imitación», te contestamos nosotras: aprehendes las actitudes de tu padre, de tu abuelo, de tu hermano, de tu profesor, porque son tus referentes masculinos y para ser hombre-hombre te dicen que busques referentes masculinos. Y aprehendes las actitudes de tu futbolista preferido, tu empresario favorito, tu actor favorito, tu político favorito, tu vecino favorito, tu amigo favorito, que son hombres-hombres, claro. Y las adoptas por eso mismo, porque son tus referentes, los admiras, te gusta cómo son, cómo se comportan, cómo hablan, cómo reaccionan, qué duros son, qué tíos, qué cabrones, JAJAJAKAKAJAAHAHAA, ¡qué machos!

Ya termino, ya. Una última cosa.

¿Sabes también qué te han enseñado sin que te hayas dado cuenta? A pensar en un sistema binario, a que tu pensamiento se limite a dicotomías. Y esto es realmente lo más importante de todo lo que te han enseñado, porque te obliga a reducir y clasificar tu vida cotidiana, tus relaciones, tus pensamientos, tu forma de comunicarte y dar sentido a tu vida, tu espacio, tu tiempo, todo tu mundo, en dos únicas categorías exclusivas, limitantes, cerradas y excluyentes. Y en esas dos únicas categorías extremas, que son el tamiz por el que lo filtras absolutamente todo y donde lo sitúas todo, tu realidad se deforma y se reduce de manera considerable. Se reduce peligrosamente.

En tu pensamiento todo se reduce a una contraposición de extremos que se excluyen: bueno o malo, blanco o negro, izquierda o derecha, grande o pequeño, mejorar o degradar, crear o destruir, ganar o perder, ser el mejor o ser el peor, estar tranquilo o estar rabioso, aliado o enemigo, tú o los otros. Ser hombre-hombre o ser mujer-purria. Y por esto mismo es peligroso, claro. Sobre todo para ti, pero para todas nosotras, para la purria, es mucho más peligroso.

Tu mundo se hace muy pequeño, muy simple, muy plano, muy banal, muy frágil. No tienes capacidad para profundizar, para ver y disfrutar los matices. Te estás perdiendo la diversidad, la basta complejidad del mundo, la vida maravillosa y colectiva. Te estás impidiendo ser capaz de aceptar lo diferente, ver lo que no es visible a simple vista. Te estás coartando la posibilidad de analizar con amplitud y tomar otros caminos, otras alternativas más dinámicas, más abiertas, más integradoras. Te estás negando a incluir en tu mundo las infinitas alternativas, una vasta riqueza de alternativas, tantas que no podrías abarcarlas todas, ¡nosotras no podemos! Pero no por eso deberías dejar de conocer todo eso que te han enseñado que no existe, que no es válido.

El pensamiento binario que tan bien te ha enseñado el heteropatriarcado, y que diligentemente has aprehendido y aplicas a todo en tu vida, te esclaviza. Te ha quitado la libertad. Otro par dicotómico: libre o esclavo. Sin darte cuenta te has encerrado en el segundo. Y en tus manos, en tu pensamiento, en tu forma de vivir, está ser libre.

Por si te interesa, todo esto no lo traigo escrito en los genes. Lo he aprendido callando y escuchando, leyendo, charlando. Lo he aprendido mirando. Y acompañando. Y sufriéndolo. Y cuidando. Y dejándome cuidar.

también puedes mirar, y leer, y callar y escuchar. Te dejo por aquí algunos nombres para facilitarte el trabajo. Pero espabila, porque yo, nosotras, la purria, ya estamos haciendo nuestro camino. Y como no espabiles te vas a quedar fuera.

Algunas autoras. Aunque no puedas creerlo, hay muchísimas más:

Eli Bartra, María Sánchez Fernández, Adrienne Barnett, Anna M. Fernández Poncela, Helen Garner, Pamela Palenciano, Joanna Connors, Diane Kobrynowicz, Iker Zirion Landaluze, Sandra Harding, Norma Blázquez, Chandra Mohanty, Carme Adán, Teresa De Barbieri, Barbara Biglia, Kum-Kum Bhavnani, Cristina Vega, Estrella de Diego, Bea Porqueres, Evelyn Fox Keller, Ester Massó Guijarro, Caroline Criado Perez, Donna Haraway, Ivonne Urriola Pérez, Neus Bernabeu, Marta Lamas, Linda Alcoff, Elizabeth Potter, Linda J. Nicholson, Judith Butler, Andrea Nye, Sandra Bartky, Jana Sawicki, Drucilla Cornell, Linda Singer, Rosemary Hennessy, Mary Jeanne Larrabee, María J. Rodríguez-Shadow, Carmen Ramos, Shulamit Reinharz, Helen E. Longino, Lynn Hankinson Nelson, Capitolina Díaz, Gisela Kaplan, Virginia Olensen, Rita Mª Radl Philipp, Martha Patricia Castañeda Salgado, Brenny Mendoza, Ochy Curiel, Yuderkys Espinosa, Silvia Federici, Francesca Gargallo, Gioconda Herrera, Marcela Lagarde, Xóchilt Leyva, Sylvia Marcos, Elina Norandi, Chela Sandoval, Mónica Tarducci, Sayak Valencia, Diana Maffia, Laura Mercedes Oyhantcabal, Mabel Alicia Campagnoli, Eugenia Fraga, Aldana Sánchez, Sojouner Truth, Kimberlé Williams Crenshaw, Angela Davis, Gloria Anzaldúa, Cherríe Moraga, Chela Sandoval, Elena Margarita Cacheux Pulido, Maylei Blackwell, Sojourner Truth, Patricia Hill Collins, Rocío Medina, María Lugones, Eve Tuck, Wayne Yang, Karina Ochoa, Paola Contreras Hernández, Macarena Trujillo Cristoffanini, Marisa Belausteguigoitia Ruis, Delmy Tania Cruz Hernández, Adriana Piscitelli, Walda Barrios, Klee, Inés Vázquez, Diana Mulinari, Silvia Agüero.

3 pensamientos en “Para ser hombre-hombre

  1. Pingback: Laëtitia y Jessica, o el heteropatriarcado que no termina de morir

  2. Pingback: Laëtitia y Jessica, o el heteropatriarcado que no termina de morir | Otras (re)lecturas

  3. En este artículo describes de forma muy detallada toda la programación que hemos recibido como hombres. Para intentar cambiar hay que ser consciente primero y tu
    explicas muy bien todas estas conductas que nos hay impuesto y que nos esclavizan.

    Un abrazo,
    Paco

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