Memoria/Para la Memoria

Lo complicado de abrazar algunas ausencias

Esas preciosas palabras que encabezan este post no son mías. Son de alguien que, tras enterarse de su muerte, escribió unas bellísimas líneas desde el mismo Lanzarote que daba hogar al ya inmortal, al ya añorado, José Saramago. Y esa sencilla frase puso nombre al sentimiento que sentí entonces y en otras muchas ocasiones. Qué difícil es abrazar ciertas ausencias.

 

"Lanzarote sin tu voz, muda. Sin tus letras, ciega" | Foto: Pedro Walter

“Lanzarote sin tu voz, muda. Sin tus letras, ciega” | Foto: Pedro Walter

 

Conocí a Saramago a través de sus libros hace muchos años. El primero que cayó en mis manos fue Todos los nombres. Tras unas pocas páginas creía que acabaría arrinconado en alguna estantería, que sería incapaz de terminarlo. Aquella peculiar forma de narrar, aquella en ocasiones exasperante manera de dar forma a las frases, a los párrafos, a los capítulos… Pero seguí pasando páginas, y aquel «Don José sin nombre» me ayudó a aprender a leer al José que dedicaba sus obras a Pilar, a ese José que desde aquel momento pasó a formar parte importante de mi estantería, de mis lecturas, de mi pensamiento. Esa fue la primera de muchas lecturas saramaguianas. Libros, pero también conferencias, entrevistas, sus cuadernos.

Recuerdo perfectamente el momento en el que oí la noticia hace dos años. Saramago había muerto. Antes ya había vencido a la muerte, pero esta vez no pudo ser. Yo estaba, como ahora, sentada en el mismo sitio en el que ahora me siento, escribiendo en el mismo ordenador en el que ahora lo hago. Dejé de escribir. Fui a la estantería y busqué sus libros, los que ya había leído, los que esperaban que les llegara su turno. Los abrí, los olí, los miré sin ver nada. Hasta que uno de ellos me dio la frase que buscaba, la frase que aquel José de enormes gafas y mirada inteligente y pícara escribió en el inicio de uno de ellos: Siempre acabamos llegando a donde nos esperan. Y creí que esa frase había llegado a mí en ese preciso instante porque yo la estaba esperando, porque necesitaba que ese José al que tantas veces soñaba que por fin conocía y abrazaba me diera un consuelo por haberse marchado sin dejar que mi sueño se cumpliera. E inicié el viaje de su lectura, el viaje del elefante. Comparto con vosotros el final de ese viaje.

'El viaje del elefante', José Saramago. Editorial Alfaguara

 

«El elefante murió casi dos años después, otra vez invierno, en el último mes de mil quinientos cincuenta y tres. La causa de la muerte no llegó a ser conocida, todavía no eran tiempos de análisis de sangre, radiografías de tórax, endoscopias, resonancias magnéticas y otras observaciones que hoy son el pan de cada día para los humanos, no tanto para los animales, que simplemente mueren sin una enfermera que les ponga la mano en la frente. Aparte de haberlo desollado, a salomón le cortaron las patas delanteras para que, tras las necesarias operaciones de limpieza y curtido, sirvieran de recipientes, a la entrada del palacio, para depositar las varas, los bastones, los paraguas y las sombrillas de verano. Como se ve, a salomón no le valió de nada haberse arrodillado. El cornaca subhro recibió de las manos del intendente la parte de soldada que se le debía, a la que se le añadió, por orden del archiduque, una propina bastante generosa y, con ese dinero, compró una mula que le sirviera de montura y un burro para llevarle la caja con sus pocos haberes. Anunció que volvería a Lisboa, pero no existen noticias de que entrara en el país. O cambió de idea, o murió en el camino.

«Semanas después llegó a la corte portuguesa una carta del archiduque. En ella se informaba de que el elefante solimán había muerto, pero que los habitantes de Viena nunca lo olvidarían, pues había salvado la vida de una niña en el mismo día en que llegó a la ciudad. El primer lector de la carta fue el secretario de estado pedro de alcáçova carneiro, que se la entregó al rey, al mismo tiempo que decía, Ha muerto salomón, mi señor. Don juan tercero hizo un gesto de sorpresa y una sombra de dolor le cubrió el rostro. Mande llamar a la reina, dijo. Doña catalina no tardó, como si adivinase que la carta traía noticias que le interesaban, tal vez un nacimiento, tal vez una boda. Nacimiento y boda no parecían ser, la cara del marido contaba otra historia. Don juan tercero murmuró, Dice aquí el primo maximiliano que salomón. La reina no lo dejó acabar, No quiero saberlo, gritó, no quiero saberlo. Y corrió a encerrarse en su cámara, donde lloró el resto del día»

 

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan

Libro de los Itinerarios

El viaje del elefante, José Saramago

10 pensamientos en “Lo complicado de abrazar algunas ausencias

    • Siempre. Era enorme y lo será ya para siempre. Al contestar tu comentario he releído la entrada y he vuelto a leer esa frase, “Siempre acabamos llegando a donde nos esperan”. Espero que se nos cumpla.

      Un beso enorme, Mikel

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  1. Como en el caso de Paco, el primer comentarista, tampoco yo, compa Moni, he sido un lector muy aplicado de Saramago, aunque sí he leído varias novelas suyas (entre ellas, esa con cuya cita cierras tu entrañable y excelente reseña) y algunos artículos periodísticos. Y me parece un muy buen escritor (hay otros que me resultan más atractivos, pero no por eso la escritura de Saramago me parece de menos nivel, también me gusta bastante). En cuanto a su otra faceta, la de referente político y/o intelectual, con independencia de que me pueda sentir bastante afín o cercano a sus posiciones públicas (que me siento), me cuesta mucho entrar en el juego de mitificaciones (probablemente, y no siempre, por voluntad del propio afectado) en el que se ven inmersas figuras de este tipo, que terminan siendo ‘víctimas’, por llamarlo de alguna manera, de su propia dimensión exterior. Supongo que Saramago era un ser humano como todo ser humano, con sus miserias y sus grandezas, sus virtudes y sus defectos, y solo conocemos de él aquellas facetas que se nos han dado a conocer. Quizá está bien que así sea, y tampoco eso merma valor a lo por él expresado y formulado. Pero será que me hago viejo y escéptico. O escéptico y viejo. O qué sé yo…

    Un fuerte abrazo y hasta pronto.

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    • Manuel, tampoco yo soy partidaria de mitificar a nadie. Pero lo cierto es que en estos tiempos que corren caigo en la tentación de hacerlo con personajes como Saramago. Fíjate que digo “personaje”, porque doy por hecho que, caso de caer en esa tentación, tendría claro que lo hago de su faceta pública. Y también me siento tentada de caer en esa tentación porque hace ya más de dos años que murió, y sus palabras recobran sentidos que en el momento de ser dichas, de ser escritas, no tenían.

      No obstante, procuro abstenerme de ciertas tentaciones. Aunque le sigo leyendo, con cariño, con devoción, con esperanza…

      Un abrazo fuerte, Manuel. Y como siempre, gracias por leerme, gracias por tu comentario.

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  2. He leído muy poco a Saramago. Sólo recuerdo Ensayo sobre la Ceguera y La Balsa de Piedra, aunque seguramente le he leído más. Le admiraba como persona pero mucho menos como escritor. No recuerdo cuándo murió, pero sí recuerdo aproximadamente lo que pensé. Pensé que moría un buen autor, pero pensé sobre todo que nos quedábamos sin alguien importante no ya para los humanos sino para el planeta entendido como totalidad de formas de vida. Pensé que Pachamama (no soy religioso ni creyente creo que una especia de Gaia existe como concepto) perdía uno de sus pocos hijos válidos y le quedaba toda la marabunta de hijos desperdiciados. Pensé que el hormiguero había perdido una buena hormiga y que el enjambre seguiría devorando el bosque hasta acabar completamente con él. Pensé que muchos no llegamos ni a ser hormigas buenas y sólo somos seres gregarios destructores a las órdenes de la hormiga reina. Pensé en lo sabios que eran algunos pueblos antiguos en los que existía el gobierno de la aristocracia, el gobierno de los mejores, la meritocracia. Pensé que es muy difícil para nosotros, viviendo inmersos en la igualdad de los peores y en el derecho a la destrucción, no ya reconocer al mejor sino hasta admitir que hay personas mejores que nosotros. Cuando muere un Saramago, el mundo se vuelve peor. Y debemos esperar, esperar el milagro de que el ser más asesino del universo conocido cambie de hormiga reina. Gracias Saramago, por ser bueno. Gracias Mónica, por recordarme a Saramago.

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    • Paco, esos recuerdos tuyos, esas reflexiones son preciosas y muy sabias, muy interesantes, imprescindibles.

      Yo recuerdo cada libro, cada artículo, cada ensayo, cada entrevista que he leído y visto de Saramago. Y sigo leyendo y viendo, porque no me sacio. Creo que es un ser imprescindible, que personas como él deberían ser inmortales.

      Gracias por tus palabras, porque hacen esta entrada mucho, mucho más rica.

      Gracias, Paco.

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