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Los que pueden quedar con vida

Las palabras nunca son inocentes. Tanto las que se dicen como las que se omiten. Las palabras enfrentan, provocan, iluminan, confunden, fortalecen, diferencian, reflejan, separan, deciden, apasionan, marcan, hunden, sellan, evitan, cuestionan. Las palabras hablan más allá de ellas mismas. Por eso hay que escucharlas.

Julius Winsome es un tipo silencioso. Sin embargo, vive gracias a las palabras. Palabras que escriben historias. Las historias de su padre, las historias de su abuelo. Las historias que podrían haberse escrito con las palabras que repetía en sus cuadernos cuando era un crío, palabras que aprendía con la ayuda de su padre. Las historias que cuentan los 3.282 libros que habitan las paredes de su cabaña. La historia que no llegó a escribir con Claire, una mujer de la que se enamoró, pero a la que no supo cómo querer. La historia de Hobbes, el cachorro que Claire llevó a su vida y acabó convirtiéndose en su único compañero vivo.

Julius Winsome es un tipo silencioso. Tanto como todas las almas perdidas en el barro de una trinchera. Tanto como los cuerpos inertes en el fondo de una fosa. Tanto como las voluntades abatidas entre la maleza. Tanto como los corazones encogidos por una explosión. Tanto como los alientos congelados entre las ruinas de un hogar. Tanto como las sombras que nunca deberían ocupar los huecos de la historia, los huecos en la memoria no escrita de los vencidos.

Julius Winsome es un tipo silencioso. Y cuando habla utiliza el «vocabulario de Shakespeare». Un lenguaje que no entienden quienes se cruzan en su camino. Los mismos que decidieron poner fin a la vida de Hobbes. Y Julius no puede hacer más que vengar su historia, la que no han podido acabar de escribir. Porque la ley de la Naturaleza favorece al más fuerte, y una escopeta puede ser la diferencia para que un hombre sea más fuerte que otro. La diferencia entre los que pueden quedar con vida y los que mueren.

'El inventor de palabras', Gerard Donovan. Tusquets Editores, colección Andanzas, 2010 | Foto: Mónica Solanas

«Mi padre decía que su padre llevaba tantas guerras en el pecho que era un milagro que pudiera tenerse erguido. Medallas de la guerra de los Bóers, la primera guerra mundial y otras pequeñas guerras de las que ya no se habla, refriegas en la maleza, por ejemplo, docenas o cientos de muertos en poco espacio de tiempo barridos de la Historia. Tras volver de la guerra, jamás pegó un tiro, y antes de morir, mi abuelo le regaló sus medallas a mi padre diciéndole que las guardara o las tirara, que a él ya le daba lo mismo.

«No sé por qué diría una cosa así, le pregunté un día a mi padre, a lo que me respondió que era por la primera guerra mundial y la batalla del Somme, que fue en la que el abuelo entró en combate, unos sembrados solitarios en los que cayeron más de un millón de hombres: medio millón de británicos, doscientos mil franceses y más de quinientos mil alemanes, alcanzados o despedazados por la munición, donde los aliados emprendieron un bombardeo de artillería que duró una semana, con mil quinientos cañones y 1,6 millones de obuses como preparación para el primer ataque y aun así perdieron cincuenta y ocho mil hombres tan solo el primer día. ¿Cuánta gente crees tú, Julius, que recuerda nada de eso?

«Pocos, puede que nadie, respondí.

«Pues no hace ni ochenta veranos que sucedió, dijo, él. Por eso al abuelo ya le daba igual.

«Sacó una caja de terciopelo azul oscuro de la estantería y la abrió. Dentro estaban las medallas, más pesadas de lo que me hubiera imaginado.

«Pero, de todos modos, la guardaste, insistí.

«Dijo que sí con la cabeza, y el fuego tintaba sus lentes, tragó saliva, cerró la caja y retomó su lectura. Le dejé a solas un rato porque no era un hombre que comunicara mucho lo que sentía.

«Él mismo había combatido en Holanda en 1944 en los últimos meses desesperados de la segunda guerra mundial, cuando los hombres luchaban por cada ladrillo de cada edificio y caían en calles anegadas. Cuando todo llegó a su fin, tiró el arma y regresó a casa, se había acabado eso de matar, y después ya no disparó jamás contra nada.

«Guardo las medallas del abuelo en su caja de terciopelo. Uno no tira un millón de hombres así como así.»

[…]

«Si alguien te susurra algo en alemán y tú desconoces el idioma, no entenderás ni una palabra. Por ti, como si te hablan de filosofía o te están mentando a la madre. Si te lo repiten o te dicen otras cosas a gritos, pero también en alemán, tampoco vas a entender más. Cuando un perro levanta la cabeza aullando con los ojos puestos en ti, ligeramente ladeados, quiere decir que tiene ganas de jugar y sabe que le estás tomando el pelo. Si echa la cabeza hacia atrás y te ladra fuerte, a todo pulmón, es que quiere jugar. Si gruñe con toda la tripa cuando lo agarras y mira a un lado, se trata de puro afecto. En cambio, si el gruñido no es profundo, entre dientes, y mira hacia delante, se trata de una advertencia que va a durar un solo segundo. Sin embargo, si no sabes su idioma, todo te parecerá ruido. Esos hombres del bosque, creo que no entendían mi vocabulario de Shakespeare, aunque eran todas voces inglesas y las pronunciaba cuidadosamente. Por ellos, como si les ladraba. El tiempo nos vuelve a todos perros.»

[…]

«De niño escuché a uno que visitaba la granja decirle a mi padre, mientras le señalaba nuestros patos, que protegerlos así de los predadores no era natural, que en el mundo real se valían por sí mismos, que las leyes de la Naturaleza favorecían al más fuerte. Era un día de sol y los patos se habían congregado en el agua rebalsada en la tapadera del cubo de la basura, vuelta del revés, trenzaban sus cuellos y dormían. Mi padre le escuchaba asintiendo, le ofreció otro té, y aún hablaron un poco más. Y entonces le espetó:

«¿Verdad que no le importa si cuando haya acabado el té, dijo señalando la taza, entro un momento, saco una escopeta y le pego a usted un tiro?

«No comprendo, respondió el hombre removiéndose en su asiento.

«¡Pues claro! Si yo tengo una escopeta y usted no… Según su filosofía, yo tengo más fuerza que usted y por eso le puedo pegar un tiro. Se lo decía canturreando, aunque, en buena ley, se trataba de una amenaza, según dijo el visitante, que acabó yéndose poco después. Corrió la voz por todo el pueblo, pero lo achacaron a la guerra. Al acabar el día, a mi padre le brillaban los ojos, algo raro en él:

«A veces resulta bien socorrido esto de la guerra.

«Y luego, ya sin ese brillo en los ojos, añadió:

«No se puede predicar la ley del más fuerte y querer al mismo tiempo decidir quién es el más fuerte, quién puede quedar con vida.»

El inventor de palabras, Gerard Donovan

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