Fragmentos/Libros

Los terroristas y su terrorismo

«Queridos Psicoevolucionistas y Otras Partes Involucradas:

Les pedimos por favor que acepten nuestras más sinceras disculpas por esta guerra y la consiguiente destrucción, pérdida de vidas y desgracia generalizada. Como nación hemos decidido, si bien es cierto de forma algo tardía, que todas estas discrepancias filosóficas no tienen mucho sentido. Por lo tanto, hemos resuelto acabar con nuestra participación en el conflicto y hemos tomado amplias medidas (incluyendo tratamientos clínicamente probados) para olvidar que algún día se produjo todo esto. De igual manera, confiamos en el carácter benévolo de vuestro pueblo y os pedimos encarecidamente no invadir nuestro país, ni arrasar nuestras ciudades y asesinar a nuestras familias. Insistimos: por favor, acepten nuestras más sinceras disculpas y nuestros mejores deseos para el futuro.

El Gobierno y los Ciudadanos de los Estados Unidos»

Extracto de Dios ha muerto, Ron Currie

En Occidente está mal visto tachar a occidentales de terroristas. La etiqueta de terrorismo solo puede ser utilizada para yihadistas, islamistas, afganos, musulmanes o albaneses. Incluso para francotunecinos, porque en su árbol genealógico algún progenitor —o alguno de los progenitores de este— tuvo la imprudencia de nacer en algún país extranjero, de esos radicalizados.

La desdicha para estos hijos con mezcla de culturas en sus genes. Lo llevan en la sangre. Y de esa sangre renacen como fanáticos radicales, como soldados de algún califato. Se convierten a un islam sangriento, se mantienen en letargo para poder ser bautizados como células durmientes. Y cuando finalmente comenten el acto de terrorismo para el que han sido ungidos por algún dios de nombre ajeno, ganan el nuevo título de radicales locales.

Otros crean un grave problema para Occidente. Porque son occidentales, sin un árbol genealógico con genes forasteros. Y eso es una amenaza casi peor que la que representan los terroristas foráneos. Así que solo queda racionalizar su comportamiento como el de un loco, un enfermo mental, alguien con depresiones que estaba recibiendo tratamiento para su mal. Para su problema.

Y al final, como siempre, se hace el silencio sobre los terroristas occidentales más allá de sus fronteras. Aunque se habla de ello, es cierto. Pero en unos términos muy diferentes. Esto es ayudar, llevar la estabilidad allí donde Occidente decide que es necesaria y justa. Esto es democratizar, llevar la igualdad allí donde sus gentes estaban oprimidas por los terroristas. Aunque el camino sea duro, aunque los daños colaterales superen a los objetivos. Es una obligación occidental velar por el bien de esas pobres gentes, víctimas del terrorismo. Son los guardianes de la paz mundial. Es la Cruzada Occidental, su Guerra Santa.

Hasta que un día aparece su Dios en, por ejemplo, un campo de refugiados al norte de la región de Darfur, en Sudán

'Dios ha muerto', de Ron Currie. Editorial Seix Barral, Biblioteca Formentor | Foto: Mónica Solanas

«Varias horas después de que Powell se hubiera marchado, no sin antes haber prometido que regresaría más adelante, Dios desconectó la solución intravenosa de su brazo y salió fuera escapando del aire viciado del interior de la tienda de campaña. Con la mirada dirigida hacia el este, pudo ver el primer avión sobre la línea del horizonte, una minúscula mancha en el cielo. Poco después aparecieron una docena más, describiendo pequeños círculos en el firmamento como pequeñas moscas tse-tse.

«La mayoría de los habitantes del campo de refugiados se había guarecido bajo algún toldo o a la sombra de los tamarindos para pasar la parte más calurosa del día. Pero a medida que fueron llegando noticias de los rincones más distantes, la gente comenzó a agitarse. Las madres miraban hacia el cielo como si quisieran predecir el tiempo. Al poco, corrieron a despertar a sus hijos y a reunir sus pertenencias, mientras una cortina de polvo que no presagiaba nada bueno ya había comenzado a elevarse hacia el este: los aviones se hallaban cada vez más cerca y volaban en formación de combate.

«Dios [camuflado de joven dinka] se puso en cuclillas, se ciñó la manta a los hombros y esperó. Los dinka se agitaban con progresiva urgencia. Unos corrían al pozo para beber su último trago de agua, otros se precipitaban a desatar las pocas cabras y burros que poseían. Una mujer que había perdido una de sus sandalias en medio del ajetreo, en lugar de parar para sacarse la otra, prefirió continuar cojeando mientras arrastraba de la muñeca a su hija pequeña. Aquellos que habían tardado en levantarse ahora simplemente se ponían en pie y echaban a correr, dejando tras de sí todas sus posesiones.

«La luz del sol brillo, reflejada en las alas de los aviones. Proveniente de la cortina de polvo y con un ligero retraso con respecto al vuelo de esos aparatos, Dios oyó a distancia las primeras ráfagas producidas por las armas automáticas. El suelo se puso a temblar levemente.

«Las personas que todavía se encontraban en el campo, al darse cuenta de que habían quedado atrapadas, clamaban a Dios sin cesar en cientos de dialectos diferentes. Él, en cambio, reía y lloraba al mismo tiempo: tenía tantos nombres y, sin embargo, era incapaz de responder a ninguno de ellos.

«Los aviones aparecieron en lo alto. Enfilando al frente soltaron su carga. Dios no levantó la cabeza para mirar. Con la vista al frente observaba la tormenta de polvo en la que se formaban grandes caballos negros como espectros, sus pelajes brillando como la espuma, sus hocicos bufando y soltando llamaradas. Los hombres que montaban estos caballos blandían terribles espadas y apuntaban con sus rifles. Sus caras permanecían ocultas por pañuelos a cuadros. Las bombas silbaban mientras caían y caían. El suelo temblaba. Dios cerró los ojos y deseó tener a alguien a quien poder rezar

Dios ha muerto, Ron Currie

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