Fragmentos/Reportajes

Migración. «Respétenos la vida, por favor»

Ucrania. Irak. Gaza. Siria. Libia. Afganistán. Somalia. Mali. Sudán del Sur. República Centroafricana. Pakistán. México. Egipto. Irán. Las dos Coreas. India. República Popular China. Birmania. Indonesia. Colombia. Filipinas. Perú. Senegal. Gambia. Uganda. República Democrática del Congo. Angola. Etiopía. Argelia. Chad. Mauritania. Marruecos. Túnez. Yemen. Nigeria. Tailandia. Bahréin. Líbano. Japón. Brasil. Chile. Conflictos en 2014. La lista puede continuar.

Gustavo Adolfo Godoy, guatemalteco de 25 años. Su objetivo: llegar a Canadá | Foto: Anna Surinyach para MSF

Gustavo Adolfo Godoy, guatemalteco de 25 años. Su objetivo: llegar a Canadá | Foto: Anna Surinyach para MSF

 

Políticos o religiosos; internacionales o armados; guerras éticas o acciones terroristas. En agosto de este año, la ONG International Crisis Group cifraba en más de 70 los conflictos abiertos en todo el mundo. Millones de personas son las víctimas directas. Muerte; lesiones físicas y psicológicas, muchas veces permanentes; desplazamientos masivos; desarraigo; enfermedades; hambruna. Secuestros; reclutamientos forzosos; torturas; violencia sexual; asesinatos. Cárcel, amenazas, persecución. Marginación; analfabetismo; pobreza; exclusión; subdesarrollo. Desigualdad. Perder familia, amigos, trabajo, hogar. Todo.

Los (cada vez) menos llegan a Europa mezclados entre viajeros y turistas. Son los que aún tienen un pasaporte y dinero. Son los que pueden iniciar los trámites de solicitud de asilo. Pero no es un camino ni fácil ni seguro. Javier de Lucas, jurista experto en migraciones, explica que “cada vez son menos los demandantes de asilo porque el sistema ha hecho que no puedan presentarse como tales”. Un sistema fruto del capitalismo globalizado, que necesita de esos mismos conflictos para mantenerse vivo. Quienes inician el proceso se topan con otra frontera: la burocrática. Pueden pasar muchos meses hasta que consiguen su estatus de asilados. Unos simples papeles. Y mientras, la angustia de no saber cuándo volverán a ver a los suyos. Si es que vuelven a verlos.

El otro escenario es infinitamente peor. Porque otros muchos, la mayoría, no tienen documentos. Tampoco dinero. A todos ellos, el sistema les clasifica como desplazados, como refugiados. Aún queda otra tipificación, la de los migrantes: aquellos que tratan de pasar la frontera de manera clandestina. Como si fueran bandidos. Y aunque el sistema los etiquete como desplazados, refugiados y migrantes, esos términos solo son eufemismos.

Son los parias del siglo XXI. O peor.

Acción Fronteras invisibles en Barcelona, agosto de 2014 | Foto: Pedro Mata para Fotomovimiento

Acción Fronteras invisibles en Barcelona, agosto de 2014 | Foto: Pedro Mata para Fotomovimiento

 

De los 16,7 millones de refugiados que hay hoy en el mundo, más de tres millones son sirios a los que la guerra ha expulsado de su país. Sus vías de escape son Turquía, Líbano, Jordania o Irak. Mientras, Europa hace oídos sordos a los llamamientos de acogida por parte de diferentes organismos y ONG.

Los desplazados en el mundo suman ya la atrocidad de 33,3 millones. Tras el brutal conflicto en el que cayó Sudán del Sur en 2013, más de 1,7 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus casas. (África, el eterno empobrecido, el sempiterno marginado.)

232 millones. Este es el número de migrantes en 2014. Huyen de la violencia y lo que encuentran en el camino es más violencia. México es el paso de migrantes más grande del mundo: 300.000 centroamericanos lo utilizan de camino a Estados Unidos.

Anna Surinyach y Agus Morales, periodistas, y  Quim Zudaire, desarrollador web, pretenden provocar la reflexión en torno a la violencia que sufren las víctimas de conflictos en el documental web Éxodos. Tras los tres viajes que dieron pie a este trabajo, han querido “mostrar la cara más fuerte de estas personas para que quien lo vea y lo lea no sienta compasión ni diga ¡Pobres!, si no rabia, que se pregunte Cómo puede estar pasando esto”. José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras, aclara que “esos números, que son una barbaridad, son los oficiales pero no son reales, porque no incluyen a inmigrantes que, por ejemplo, se ahogan en el Mediterráneo o los que no se registran en ningún campo”

Kader en un campamento de inmigrantes, Bolingo, situado en Nador, cerca de la frontera de Melilla | Foto: Juan Medina (c) Reuters

Kader en un campamento de inmigrantes, Bolingo, situado en Nador, cerca de la frontera de Melilla | Foto: Juan Medina (c) Reuters

 

Uno de los caminos de huida es el Mediterráneo, otro el Atlántico. Más de 100.000 personas han sido rescatadas de las aguas del primero, cinco veces más que la cifra registrada en 2013. David Cameron ya dijo que se negaba a financiar el rescate de inmigrantes en el Mediterráneo. En agosto de este mismo año se cumplían 20 de la llegada de la primera patera a un pequeño pueblo pesquero de Fuerteventura: Las Salinas del Carmen. Desde entonces, muchos más lo han seguido intentando. 210.715 inmigrantes lo han conseguido por mar. Jamás sabremos la cifra exacta de los que no pudieron lograrlo.

Nicolás Castellano, periodista, y Juan Medina, fotoperiodista, explican estos 20 años de inmigración en Canarias desde esa primera patera. A través de este trabajo quieren llevar a la reflexión sobre el fracaso de las políticas de control de fronteras y extranjería. Y que surja la pregunta sobre si «el modelo restrictivo al movimiento de personas tiene sentido mientras siguen naufragando vidas y sueños en el Mediterráneo o estrellándose en las vallas de Ceuta y Melilla»

Estrellarse en las vallas de Ceuta y Melilla. O más bien, sajarse la carne en sus concertinas. A pesar de lo que afirma Antonio Mora, gerente de la empresa malagueña European Security Fencing (ESF), única en toda Europa que fabrica esta alambrada para repartirla por todo el mundo: “solo tiene un efecto psicológico y visual […] no es un elemento para hacer daño a las personas sino para disuadir“. Muslos, talones o antebrazos acuchillados es algo más que un efecto visual.

Mamadou, de Mali, muestra la herida que se hizo tratando de saltar la valla de Melilla desde Marruecos | Foto: Ángel Navarrete

Mamadou, de Mali, muestra la herida que se hizo tratando de saltar la valla de Melilla desde Marruecos | Foto: Ángel Navarrete

 

Otra opción es nadar unos pocos metros. Como hicieron el 6 de febrero de este año unos 250 inmigrantes subsaharianos que trataban de llegar a la costa de Ceuta. Fueron recibidos por los disparos de balas de goma y gases lacrimógenos de la Guardia Civil. «Nos disparaban como a pollos». En una de sus últimas respuestas a los críticos por las continuas actuaciones feroces en la frontera, Fernández Díaz, ministro del Interior, les pedía «la dirección y les enviamos a los que saltan la valla»

Muchos de los que llegan pueden acabar encerrados en un Centro de Internamiento para Extranjeros. Los CIE, cárceles invisibilizadas, han sido repetidamente denunciados por organismos y asociaciones defensoras de los Derechos Humanos. Quien entra cae en un limbo jurídico, que en muchas ocasiones acaba en un vuelo de deportación que le devuelve a su país. En Barcelona se cerrará el año con una marcha solidaria con las personas presas. Las que están internadas en el CIE también son presas. Y como el año pasado, se repetirán las solicitudes de cierre de estos centros, los propósitos que a veces solo pueden ser de rabia y venganza.

En medio de todo este infierno, existen personas que dedican su vida —o una parte de ella— a ayudar a todas estas víctimas. Allí y aquí. Utilizan sus conocimientos para intervenir en todos los ámbitos quebrados: ayuda humanitaria, sanidad, alimentación, construcción, legislación, investigación, desarrollo económico, comunicación, cultura, derechos humanos, cultura, transferencia tecnológica, ecología, desarrollo o integración social. Rafael Paredes es abogado. Ejerce como voluntario para la Asesoría Jurídica Etorkin, en Pamplona. Como tantos otros, suple con muy pocos recursos el trabajo que las administraciones deberían hacer. Su trabajo se centra en el último peldaño de la inmigración. «Los inmigrantes están muy bien, sobre todo los jefes de la Volkswagen, pero mi visión es sesgada, yo solo atiendo a los que están muy mal»

Acción en el CIE de Zona Franca en Barcelona, junio de 2014 | Foto: Jorge Lizana para Fotomovimiento

Acción en el CIE de Zona Franca en Barcelona, junio de 2014 | Foto: Jorge Lizana para Fotomovimiento

 

Respétenles la vida, por favor.

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