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Un viaje de (re)nacimiento y vida: La Verónica Cartonera

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan. La frase es de un supuesto libro que solo existe en la Memoria de José Saramago, El Libro de los Itinerarios. La utilizó para reseñar su novela El viaje del elefante, un episodio extraído de la historia, la épica de un viaje que lleva a Salomón —nombre del paquidermo— en un recorrido entre realidad y ficción por la Europa del siglo XVI. Saramago acaba su novela con la muerte de Salomón: su cuerpo es desollado, cortado y reciclado para ser reutilizado. Morir y transformar para crear vida: (re)nacer.

Publicado en febrero de 2014 en DateCuenta.org

 

Las herramientas que utiliza Anna González Batlle son objetos comunes: la magia la da el arte con que las usa | Foto: Jorge Lizana

Las herramientas que utiliza Anna González Batlle son objetos comunes: la magia la da el arte con que las usa | Foto: Jorge Lizana

 

El episodio regresa a mi mente cuando estamos a punto de despedimos de Anna González Batlle: un gran biombo, que le ha guardado las espaldas durante nuestra charla, tiene dibujado en su centro un elefante. Y Salomón aparece al final de nuestra conversación: reutilizar alargando los ciclos de vida de los residuos. Ese es también el viaje que hace Anna con La Verónica Cartonera.

La Verónica Cartonera se apropia del nombre de la plaza que la vio nacer, en el Barri Gótic de Barcelona. La Plaça de la Verònica recoge la sombra de un edificio ya antiguo, construido en 1883 por el arquitecto Tiberi Sabater: la Escola d’Arts i Oficis de Barcelona, popularmente conocido como El Bolsín. Hoy se encuentra cerrado, y a pesar de estar catalogado como Patrimonio historicoartístico y ser propiedad de la administración pública, se encuentra en un lamentable estado de degradación. “El nombre de la Cartonera es también una reivindicación”, explica Anna desde el balcón que abre su casa a la plaza. “La Verónica también pretende que se rehabilite; queremos hacer una campaña grande, implicando a las asociaciones de vecinos”. El edificio se está muriendo y nadie hace nada. Quieren que se recicle. Porque eso es precisamente lo que hace La Verónica: editar libros reivindicando la reutilización de materiales como el cartón, «siguiendo la estela de las editoriales cartoneras de Latinoamérica». Buscar textos, maquetar, crear portadas únicas de manera artesanal, encuadernar, promocionar, distribuir y vender: el ciclo completo que da vida a cada nuevo libro. Cada uno de ellos es una nueva victoria, porque eso significa también verónica, ‘el que gana’.

“La Verónica surge por casualidad”. Terminaba el año 2012, también el proyecto que tuvo la periodista Anna González Batlle entre manos durante tres años: comunicación y residuos 2.0. “Era un proyecto europeo dirigido a los jóvenes. Buscando documentación, leí que una cartonera, La Eloísa, había recibido el premio Príncipe Claus de ese año. Quise saber más y más, y el tema me apasionó”. La Eloísa Cartonera nació en 2003, en el barrio de Boca de Buenos Aires, en plena crisis del corralito: “Tienen que presentar libros a una feria, no los tienen porque el papel está a unos precios impagables, y acaban presentando un libro artesanal con tapas de cartón”. A día de hoy, más de cien cartoneras han visto la luz. Cada una de ellas es diferente, como los libros que editan: algunas son editoriales unipersonales, otras tienen su origen en colectivos, también las hay que nacen en universidades, en los movimientos sociales… Pero todas tienen en común nacer en el contexto de la crisis. El mismo día que conoció la existencia de La Eloísa, González Batlle leyó también otra noticia. “No sé si recuerdas; en Sant Celoni, un chico murió ahogado dentro de un contenedor de ropa. Me pareció que ambas noticias tenían mucho que ver, que había una conexión. Y la hay”, se reafirma. Residuos y crisis. Ese contenedor pertenecía al programa Formación y Trabajo de Cáritas, que gestiona residuos creando puestos de trabajo.

La base de las cartoneras, también de La Verónica, es devolver a la vida cartones desechados para crear nuevos libros, cada uno de ellos único | Foto: Jorge Lizana

La base de las cartoneras, también de La Verónica, es devolver a la vida cartones desechados para crear nuevos libros, cada uno de ellos único | Foto: Jorge Lizana

 

Muerte y nacimiento. De eso hablaban las dos noticias que conectó la periodista y editora. Y esa es la base de las cartoneras, también de La Verónica: devolver a la vida cartones desechados para crear nuevos libros, cada uno de ellos único, además. De esa conexión salió el germen que hoy ya ha dado frutos. Organiza una cena con un grupo de amigos con los que hacía tiempo tenía ganas de emprender algo nuevo. Les explica todo aquello que la había maravillado. Les contagia su entusiasmo, a pesar de las reticencias iniciales de algunos. Y organizan un concurso literario y el que será el primer encuentro cartonero de Europa en Barcelona. Se celebró el pasado mes de octubre, ocho meses después de aquella cena. Al encuentro acudieron cartoneras de Segovia, Mallorca, Valencia, Canarias, Zaragoza; también de Clermont-Ferrand y Angers, en Francia; de Ciudad de Panamá; De Santiago y Puerto Montt, en Chile. Otras no pudieron viajar pero mandaron sus saludos a través de vídeos que se vieron durante el encuentro; también mandaron sus libros. Todas contaron sus historias y sus formas de trabajar; todas hablaron de esa coyuntura común de tiempo de crisis como escenario de sus nacimientos.

Durante los tres días que duró el encuentro, las cartoneras hablaron de trabajo alrededor del amor, de literatura, de arte; de trabajo colectivo; de movimiento; de revolución social. De atrapar a lectores que aún no saben que lo son. De difusión de la identidad y la cultura. De mostrar una parte de la historia que ni escuelas ni medios enseñan. De recuperación de espacios condenados a la desaparición. Del ensamblaje de diferentes disciplinas para dar vida a proyectos autogestionados. Helecho de Cartonera, al sur de Chile, lleva su labor de reciclaje hasta el extremo, instalando su centro de trabajo en la buhardilla de una preciosa casa que iba a ser derruida para construir un centro comercial. Ediciones Pelo Malo, en Ciudad de Panamá,  tacha una parte de su nombre porque « el pelo no es malo, ni bueno…es pelo y punto»; es su forma de reflejar la labor de autoaceptación de identidad que también realizan a través de sus libros.

Volvamos a La Verónica. Tras esa cena surge la primera pregunta: “¿qué publicamos? Queremos ser una editorial, pero no tenemos nada que publicar”. Y por eso deciden organizar un premio de literatura: “uno de los objetivos de las cartoneras es dar a conocer a escritores que no tienen otra manera de publicar, de difundir su obra”. Como son primerizos, deciden centrarse en dos modalidades: novela corta —en castellano y catalán, y abierta a todo el mundo— y poesía —para menores de 35 años y en catalán—. Recibieron 59 originales. De ahí salen las dos obras premiadas y presentadas en el encuentro cartonero. Pero ya habían editado su primer libro mientras organizaban el encuentro de octubre y seguían recibiendo originales. A finales del verano de 2013 Jonathan Velásquez, abogado y poeta, contacta a través de Internet con La Verónica y le pide que editen 25 ejemplares de su Poemario para revivir los muertos. Velásquez es coordinador de Pirata Cartonera, en El Salvador. “Es una obra muy dura, un poemario de muerte. Lo hicimos porque creímos que encajaba en el espíritu cartonero, y sobre todo porque fue nuestro banco de pruebas”.

“Uno de los objetivos de las cartoneras es dar a conocer a escritores que no tienen otra manera de publicar, de difundir su obra” | Foto: Jorge Lizana

“Uno de los objetivos de las cartoneras es dar a conocer a escritores que no tienen otra manera de publicar, de difundir su obra” | Foto: Jorge Lizana

 

Todos los contactos los han hecho a través de Internet, “por las redes interactuamos mucho”. No por teléfono, ni siquiera mediante correos electrónicos. Principalmente ha sido a través de Facebook, algo menos con Twitter. “Aprendí mucho de la Red en mi proyecto de comunicación y residuos; cuando acabó decidí aplicar todo lo que había aprendido, ¡le había dedicado muchas horas!”. Y esa faceta 2.0 choca con el trabajo tan profundamente artesanal que requiere la edición de una cartonera. Se maquetan los manuscritos. Las impresiones son fotocopias —“pensamos en hacer impresiones con tintas ecológicas, pero de momento no nos lo podemos permitir”—, y luego se grapan. Cada portada es única y artesanal; algunas llevan ilustración y otras no. Esas portadas son cajas de cartón recicladas, que se recortan y se doblan a mano. El tamaño de todos sus libros es el mismo, “un estándar que no genera residuos, no hay mermas de papel”. Cada ejemplar editado va numerado. Las portadas de La Verónica están muy trabajadas, “algunas las tengo muy claras desde el primer momento, otras me cuestan más”.

Internet ha sido una gran herramienta en el corto ciclo de vida de La Verónica. El concurso literario lo convocaron exclusivamente a través de la Red, y sabiendo elegir las webs en las que difundirlo. Hacia el final, también hubo difusión a través de otras cartoneras y de las redes latinoamericanas, “recibimos muchos originales de allí”. En 2014 repiten: ya han convocado la segunda edición del premio; esta vez solamente en la modalidad de novela corta. La diferencia es que ahora disponen de material para publicar. “Ya tenemos cola; algunos materiales nos han llegado sin buscarlos. Y trabajando mucho en las redes”. Así fue como supieron del nacimiento de Anfibia Cartonera, una editorial a caballo entre Madrid y Bogotá, promovida por la escritora María Paz Ruiz Gil. Bogotana de nacimiento y madrileña de residencia, publica sus obras en editoriales tradicionales y también con algunas cartoneras. Y González Batlle decide investigar: descubre su cuenta de twitter, abre un perfil para La Verónica y le manda un tuit. “Aquel mismo día nos contesto; ¿Qué queréis publicarme?”. Y con ella han cerrado el año 2013: Cenar sin televisor. Tres relatos digestivos.

 

Diferentes portadas para una misma novela | Foto: Jorge Lizana

Diferentes portadas para una misma novela | Foto: Jorge Lizana

La Verónica Cartonera tiene más ideas que desarrollar. Por ejemplo, puntos de libro: ya han elaborado algunos, en los que han incluido sus reivindicaciones sobre El Bolsín y otros explicando qué es una cartonera. Las tarjetas ya las tienen, son reciclado de reciclado. Pero necesitan encontrar un material que sea más adecuado. También quieren repetir algo que ya hicieron durante el encuentro de octubre: ilustrar cajas de cartón gigantes para luego recortarlas y utilizarlas como tapas para sus libros. Y talleres “para que cada uno se haga sus portadas”. Otro reto es el tema fotográfico. “Con dos tintas se pueden hacer muchas cosas, pero la foto en color…”. Y por supuesto, un libro que hable de la Verònica, que la reivindique; “que esté escrito por personas muy diversas; que se hagan las tapas de forma colectiva”.

Y sobre la financiación, Anna explica que no quieren subvenciones. “El objetivo es no tener que poner dinero; que La Verónica se autofinancie y que sobre algo para poder hacer una comida o una cena”. Algunos libreros ya se han interesado por sus ediciones. Y trabajan de manera voluntaria. Incluso cediendo parte de su casa: Anna cambió la distribución de la suya para poder tener allí su taller. Lo monta y lo desmonta, aunque el laurel de la victoria que ilustra su logotipo está presente en cada rincón, conviviendo con muebles llenos de historia, cuadros de su abuelo artista, incluso una máquina de coser de su madre, que era modista: familia de artesanos. “Es una casa en la que me encuentro a gusto”. Y eso es lo que transmite, nave de un viaje fascinante y mágico.

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