Fragmentos/Películas

“Lo que quiero es ser el amo de las vendas y de las balas”

No os llevéis a engaño: no leeréis esta frase en las declaraciones de ninguno de los personajillos que salen en los medios de comunicación, ya sean empresarios, inversores, banqueros u otro tipo de terroristas de estado. La oí el sábado por la noche, sentada en una cómoda butaca en una sala de cine de Barcelona (que conste que soy asidua de estos anacrónicos espacios, el cierre de Megaupload no tuvo nada que ver). La película, Sherlock Holmes: A game of shadows. Y, como no podía ser de otra manera en tamañas circunstancias, salía formulada de los terribles labios del Profesor Moriarty, el malo malísimo creado por Sir Arthur Conan Doyle para dar la réplica a su famoso detective.

Sherlock Holmes: A Game Of Shadows | Fotograma de la película

Sherlock Holmes: A Game Of Shadows | Fotograma de la película

 

Que la película está basada en El problema final, un relato corto en el que Conan Doyle “terminaba con la vida” de Holmes y Moriarty ―aunque tras las insistentes quejas de sus lectores remedió este “accidente” poco después― no es relevante aquí y ahora. Hubo otras cosas que me llamaron la atención en el guión de la película por su aparente actualidad, a pesar de que Guy Ritchie, el director, sitúa la acción en el Londres de 1891. Y aún más me sorprendieron las muchas similitudes de los hechos que acontecían en la pantalla con las fechas previas al inicio de la Gran Guerra 23 años después. Empezaré por estas últimas: el asesinato del príncipe heredero de Austria en la cinta, tan similar al del heredero al trono austro-húngaro a finales de junio de 1914; los atentados con bomba que se suceden por todo Londres y el envío de paquetes explosivos por obra de grupos “izquierdosos”, grupos que recuerdan a La Mano Negra. En toda esta trama, Sherlock Holmes, junto a su inseparable Dr. Watson, se convierte en el único capaz de detener al profesor Moriarty, «la mente criminal más formidable de Europa», para evitar «el colapso de la civilización occidental»

Por aquellas fechas de finales del siglo XIX la historia nos dice que Gran Bretaña era el banquero del mundo, la primera potencia mundial, poseedora de la flota de guerra y mercante más poderosa: vivía su momento de mayor esplendor. Al mismo tiempo, la industria armamentística ayudaba a mantener poderosos ejércitos «armados hasta los dientes» que potenciaban el orgullo nacional ―lo que acabó provocando rivalidades entre potencias―. Fue una época de paz armada, en la que los conflictos entre países poderosos, que no fueron pocos, se resolvieron muchas veces con la firma de tratados o manteniendo conferencias que buscaban seguir manteniendo un frágil equilibrio, el balance of powers. Algunos señalaron lo fácil que sería que se rompiera, muchos quisieron significarlo como un mutuo respeto. Lo cierto es que eran los segundos los que aparentemente tenían la razón de su lado: parecía que un conflicto generalizado era inviable debido al «impulso de los intercambios, las comunicaciones, los contactos y los negocios». Existían muchos intereses comunes, no tenía ningún sentido que los conflictos llegaran a mayores.

Austria, 1914-1918. Hospital militar de campaña tras un ataque | Biblioteca Nacional de Austria, Viena

Austria, 1914-1918. Hospital militar de campaña tras un ataque | Biblioteca Nacional de Austria, Viena

 

No perdamos de vista que estamos hablando de los años finales del siglo XIX. Os lo recuerdo porque este mismo hilo narrativo podría aplicarse a los primeros años del siglo XXI. A game of shadows, el juego de las sombras. Y vuelvo a la película por un momento: cuando Moriarty formula la frase de las vendas y las balas, lo hace ante un tablero de ajedrez en el que está jugando una partida, LA PARTIDA, con Holmes. A estas alturas el detective ya ha descubierto el entramado a través del cual el profesor es dueño anónimo de la mayor parte de la industria armamentística de toda Europa, a la vez que responsable de los atentados que han aterrorizado a la ciudad. Holmes se erige como la salvaguarda de la delicada estabilidad europea, cuya única amenaza es Moriarty. Pero no, no lo es; el profesor se lo hace ver de forma muy clara: «No está luchando contra mí, está luchando contra la conciencia humana». Lo único que hace la encarnación del mal es aprovechar la débil conciencia humana para hacerse con el poder absoluto: las vendas, las balas. Doy por hecho que entendéis toda la magnitud que encierra este deseo de poder, una perversión que va mucho más allá de lo que significa ser un señor de la guerra.

Curiosamente, esa misma tarde oía la entrevista que le hacía Eduard Punset al psicólogo social Steven Pinker en su programa Redes. Hablaban del declive de la violencia, y Pinker daba cuatro razones que lo explican: interés general, empatía, educación y reciprocidad. ¿Reciprocidad? Sí, es algo muy sencillo, tan sencillo que aterra:

«Las redes han creado un comercio, un intercambio donde la otra persona es mucho más valiosa viva que muerta. […] ¿Por qué Estados Unidos y China no entran en guerra? Porque China fabrica los productos que Estados Unidos utiliza, y Estados Unidos le debe demasiado dinero a China. Quizá no se gusten, pero debido a la globalización de las economías estamos tan unidos que atacarlos sería como atacarnos a nosotros mismos»

Os lo he dicho, era aterrador. Y perturbador. Y sutil. Y todavía lo es más si, al leer estas reflexiones, dejáis que en vuestra mente jueguen unas palabras citadas hace ya mucho tiempo por Voltaire: Quienes consigan que creas en lo absurdo pueden conseguir que cometas atrocidades.

4 pensamientos en ““Lo que quiero es ser el amo de las vendas y de las balas”

  1. Ya me has picado la curiosidad, compa Mónica, con esa entrevista de Punset (intentaré rescatarla de esa ‘gruta internaútica de las maravillas’ que es el servicio A la carta de la web de RTVE: un pozo sin fondo de contenidos de máximo interés…); no es que las reflexiones que preceden a ese apunte no sean interesantes, que sí que lo son, pero ese planteamiento de Pinker me resulta curioso. Y no sé hasta qué punto no me resulta hasta atractivo: si la única forma de que los humanos no nos partamos la cara a hostias es esa traslación a lo económico de la vieja doctrina disuasoria de la DMA de los tiempos de la guerra fría, pues casi bienvenida sea, ¿no…? Dado que no llegaremos a la paz universal vía convicción moral, al menos que lleguemos por el interés del poderoso caballero… Aunque el problema puede venir, claro, del hecho de que ya no nos hace falta partirnos la cara a piñazo limpio para que nos destrocemos: hay armas mucho más sutiles y poderosas (y si no, que se lo pregunten a un analista de mercados…). Qué complicado todo (y en lunes, más…).

    Un fuerte abrazo y buena semana.

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    • Manuel, yo, como siempre, tarde con las respuestas…

      El programa de Redes llevaba por título “El declibe de la violencia”, se emitió el 26 de junio de 2011. Yo repesqué una repetición. Pero lo cierto es que la entrevista entera, el hilo del discurso de Pinker, me pareció realmente interesante. Te lo recomiendo. No dura ni media hora, pero es una buena entrevista.

      Parece mentira, pero el hilo conductor de su discurso es ese: no nos partimos la cara porque somos tan interdependientes economicamente (entre países, claro) que no podemos permitirnos ese lujo. Las pérdidas económicas superarían y mucho los beneficios que pudiéramos obtener de un conflicto bélico.

      En triste, pero al final hasta en eso gana el señor don dinero; esa es la mayor arma de destrucción masiva, sin duda alguna.

      Un fuerte abrazo, nos leemos.

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