Lapidarium

Celebración

«Yo hablo como proletaria de la feminidad,

desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy.»

Virginie Despentes, Teoría King Kong

Feminicidio. Fotografía de Hisvet Fernández, tomada durante la jornada de activismo feminista liderado por el Movimiento Amplio de Mujeres Venezolanas ante el Tribunal Supremo de Justicia el 29 de abril de 2010. Más información de la jornada en https://palabrademujer.wordpress.com/tag/femincidio-en-venezuela/

Movimiento Amplio de Mujeres Venezolanas ante el TSJ de Venezuela, 29 de abril de 2010 | Fotografía: Hisvet Fernández

*Abrirás los ojos y te asustarás. Y en ese mismo instante te darás cuenta de que el miedo ha desaparecido. Pero seguirás asustada, en ese espacio inhóspito y frío, esperando sin saber bien qué. Una mujer de uniforme irá a buscarte, te dirá que te bebas el vaso de leche que traerá en la mano. Te pedirá que la acompañes. Sin entonación alguna: Acompáñame. Seca. Distante. Rebosada de miradas como la tuya. Y tú la acompañarás, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

La seguirás por un largo pasillo; ninguna ventana que te permita adivinar si la noche por fin ha acabado. Al final del pasillo esperaréis a que el ascensor os recoja. La mujer del uniforme volverá a hablarte sin tono, con su voz seca y distante, rebosada. Entra. Y tú entrarás, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Notarás en el estómago que el ascensor sube. Y pensarás que tal vez ahora puedas mirar a través de alguna ventana. Comprobar que la noche por fin se ha ido. Te mirarás las manos, las observarás extrañada y confundida. Tus manos limpias, sin rastros de la noche. Las alzarás hacia tus ojos y sentirás una punzada de consuelo. Pero tu pensamiento embotado apartará el sentimiento con tristeza, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Las puertas se abrirán y saldrás a un largo pasillo. La luz del sol bañará las baldosas sobre las que irás avanzando con pasos tímidos y apurados. La mujer del uniforme te abrirá camino hasta un nuevo espacio, menos inhóspito y menos frío. La puerta se cerrará a tu espalda y una joven con camisa blanca y tejanos te pedirá con amabilidad que te sientes. Con una sonrisa abierta, la primera que verás en muchos, demasiados días. Y tú te sentarás, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

La joven de la camisa blanca y tejanos te dirá su nombre. Abrirá una carpeta marrón, levantará un papel y te dirá que estés tranquila, que todo va a salir bien. Y a tu mente volverán las infinitas veces que has oído esas mismas palabras dichas entre sollozos, palabras apenas susurradas por la falta de aire y de esperanza. Y una vez más las creerás, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

La puerta se abrirá. Entrará otra mujer de uniforme, más mayor que la primera pero con la misma sonrisa abierta que la joven de la camisa blanca y los tejanos. Se sentará frente a ti y te preguntará si quieres explicarle lo sucedido. Te lo pedirá con cuidadosa dulzura. Con un cordial gesto de simpatía. Y recordarás todas las noches que lloraste callada, esperando que alguien te hiciera esa misma pregunta. Y tu corazón se acelerará y respirarás profundamente, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Te preguntarán por tu madre. ¿Dónde está mi madre?, les suplicarás. Te dirán que está bien, que se está recuperando. Te prometerán que podrás verla enseguida, en cuanto les expliques lo sucedido. Te asegurarán que podrás quedarte con ella y con tu abuela. ¿Mi abuela? ¿Ha venido a buscarme? La joven de la camisa blanca y los tejanos te mirará con prudencia, su gesto tranquilo, y volverá a preguntarte por lo sucedido. Y tu cerebro, tu corazón, tu alma, tu cuerpo se volverán a llenar del conocido, familiar miedo. Y empezarás a hablar, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Y les explicarás todo. A la mujer mayor de uniforme y a la joven de la camisa blanca y tejanos. Y a la cámara que te mirará con su ojo negro y silencioso. Les hablarás de tu padre, un hombre serio al que has visto muy poco desde que tienes memoria. Les hablarás de tu madre, una mujer fuerte, Mi madre es muy valiente, y les dirás que la quieres mucho. Les hablarás de los portazos, de los puñetazos en la mesa, de las frases escupidas entre dientes. Les hablarás de los moretones en los brazos de tu madre, y de aquel tan grande de la espalda que le viste una vez espiando por la puerta entreabierta del lavabo. Y empezarás a llorar, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Te darán un vaso de agua, te dirán que te calmes, Tranquila, ya ha terminado. Les hablarás de Adela, la hermana de tu padre, que vive en la puerta de al lado. Les contarás las tardes y las noches que durante años has pasado en su casa. Les asegurarás que a veces no querías, pero que tu madre te pedía que lo hicieras por ella. Recordarás las delgadas paredes de la casa y los portazos y los puñetazos y los gritos que las atraviesan. Recordarás a Adela cogiéndote del hombro y llevándote al cuarto de atrás, el más alejado de tu casa. Adela poniendo la tele, Adela subiendo el volumen, Adela hablándote como si fuerais solamente una tía y una sobrina que han quedado para merendar. Adela cogiendo el teléfono, marcando y colgando antes de hablar. Y volverás a llorar, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

Te beberás el agua sujetando el vaso con las dos manos, temblando. Y les hablarás de lo sucedido. Les explicarás que Adela tiene unas llaves de tu casa. Tu madre se las dio hace algún tiempo. Les explicarás que se las dio sin que tu padre lo supiera. Te dijeron que ya eras una niña mayor y que era un secreto solo de vosotras tres. Les explicarás que tu tía abría el cajón de la mesita del teléfono, justo después de colgar todas aquellas veces que marcaba y no hablaba, que sacaba esas llaves secretas y miraba las paredes de la casa y los portazos y los puñetazos y los gritos. Les explicarás que llegaba el silencio y ella guardaba las llaves. Pero anoche no. Anoche fue con las llaves en la mano a la cocina y cogió un cuchillo y abrió la puerta de casa y metió la llave secreta en la cerradura. Y tú la seguiste, porque estabas asustada y porque no sabías qué otra cosa podías hacer.

Y mirando a la joven de la camisa blanca y los tejanos, que tendrá la misma peca en la barbilla que tu tía Adela, les explicarás que entró en tu casa, que se oía la tele, que fue hasta el comedor. Les explicarás que ibas detrás de ella, sin hacer ruido, porque querías saber si tu madre volvía a tener otro moretón en la espalda. Les explicarás que tu padre estaba sentado en su sillón, mirando la tele. Les explicarás que tu tía levantó el cuchillo y lo bajó muy rápido, y que tu padre gritó y se levantó con el mango del cuchillo pegado al cuello. Les explicarás que tu tía estaba quieta, mirándolo caer de rodillas. Les explicarás que debiste hacer ruido y que tu tía se volvió hacia ti, que te cogió del hombro como aquellas tardes en las que te llevaba al cuarto de atrás, que te mandó a la entrada del piso y descolgó el teléfono y marcó y habló. Y tú la escuchabas, porque estabas asustada y porque no sabías qué otra cosa podías hacer.

Y mirando a la mujer mayor del uniforme, que tendrá los mismos rizos negros que tu tía Adela, les explicarás que te quedaste en la entrada, muy quieta, esperando que viniera tu madre, tu tía. Esperando que no viniera tu padre. Les contarás que oíste sirenas y llegaron muchas personas con uniformes y te quedaste pegada a la pared, muy quieta, entre el zapatero y la silla en la que se sienta tu madre para calzarse cada vez que entra y sale de casa. Les contarás que sacaron a tu madre, solo le veías un ojo, la mejilla, una mano desmayada, arropada con una sábana sobre la camilla. Que sacaron a tu tía Adela, que dijo La niña, mi niña, y que otra señora de uniforme le dijo que ella se hacía cargo. Les contarás que aquella señora, que tenía el mismo verde en la mirada que tu tía Adela, te cogió de la mano y te dijo que la acompañaras. Y tú la acompañaste, porque estabas asustada y porque no sabías qué otra cosa podías hacer.

La joven de la camisa blanca y los tejanos cerrará la carpeta. La mujer mayor del uniforme te dirá que ya habéis terminado. La joven te cogerá de la mano y te dirá que vais a buscar a tu abuela, que está esperándote. Y la verás sentada en una sala llena de gente, mirando hacia el pasillo por el que sales. Y se levantará y se echará a llorar y empezará a correr y se arrodillará delante de ti y te abrazará demasiado fuerte y te dirá que te quiere, que te quiere, que te quiere, que te quiere. Y la joven de la camisa blanca y los tejanos le dará la mano, la ayudará a levantarse, le ofrecerá un pañuelo. Le preguntará qué necesita. Y ella la mirará y le responderá Celebrar que mi nuera y mi nieta están vivas, celebrar que parí una hija muy valiente. Y tú pensarás en las tartas de cumpleaños, porque seguirás asustada y porque no sabrás qué otra cosa podrías hacer.

 

*Este es un texto de ficción, aunque la realidad nos demuestra cada día que no lo es. Lo escribí hace unos meses, al calor de un grupo de exalumnos de mis talleres de escritura creativa con los que nos reunimos periódicamente y que me invitaron a compartir relatos de ficción con ellos. Hoy os lo quiero dedicar: a las que estáis, a las que estuvieron y a las que vendrán.

Si tocan a una nos tocan a todas.

Ni una menos.

Nos queremos VIVAS.

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