Fragmentos/Libros

El otro lado del mundo

«Una vez que accedían a una mínima parte de poder, por pequeñísima que ésta fuera, se aferraban a ella, se olvidaban del pueblo por cuyos derechos tanto se habían desgañitado…»

Que las noches sean calmas para reponer fuerzas.

Que los días pasen despacio para vivir al máximo.

Que las mentes estén claras para entender cuál es nuestro espacio.

Que los cuerpos se mantengan fuertes para defenderlo.

Que los recuerdos alimenten nuestras memorias.

Que las voces denuncien a los verdaderos miserables.

Que las miradas al futuro tengan la sabiduría del pasado.

Que tengamos un lugar al que volver siempre.

Que mantengamos el sentimiento de insatisfacción para seguir adelante.

Que actuemos con la consecuencia y la responsabilidad del conocimiento amplio.

 

Que leamos a más mujeres. Mujeres. Hermanas.

 

«De regreso a casa evitaba por precaución pasar por delante del palacio del conde. Le dolía el corazón al ver las puertas abiertas y a la chusma entrando y saliendo como Pedro por su casa. Se avergonzaba de la República viendo a aquella pandilla de patanes sentados ostentosamente a las puertas del palacio fumando puros cubanos que antaño habían sido saboreados en reuniones y cenas exquisitas, como algo tan delicadamente fabricado se merecía, y bebiendo a gollete los vinos de inigualable paladar y finísimo buqué que habían sido criados con mimo durante años para ser degustados en copas de cristal disfrutando de su color y su aroma.

«La justicia no era eso, se decía una y otra vez a sí mismo. La democracia no consistía en cambiar al injusto. El enemigo de la República no era la derecha, sino la incultura. La incultura era el verdadero enemigo del pueblo y sin embargo el gobierno estaba dejando que la incultura tomara el poder. Los mismos milicianos que clamaban por fusilar al conde en los mítines se desvivían por ocupar su casa y disfrutar de sus lujos en cuanto tenían ocasión. Una vez que accedían a una mínima parte de poder, por pequeñísima que ésta fuera, se aferraban a ella, se olvidaban del pueblo por cuyos derechos tanto se habían desgañitado y se entregaban sin el menor recato a los privilegios y al despotismo.»

 

Berta Serra Manzanares, El otro lado del mundo. Editorial Anagrama

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